Home » Recursos Escritos » SIERVOS O AMIGOS » SIERVOS O AMIGOS: Capitulo 3

SIERVOS O AMIGOS: Capitulo 3

Esta página también está disponible en: Inglés, Ruso, Árabe, Estonio, Letón, Búlgaro

 

NO HAY AMISTAD DONDE
NO HAY CONFIANZA

Si Dios desea que seamos sus amigos, ¿por qué aparece muchas veces en la Biblia como tan poco amistoso? ¿No enseña la Biblia que el que quiere amigos tiene que mostrarse amigo?

Por cierto parece decir eso en Proverbios 18:24, en la versión de Reina-Valera, revisión 1960:

“El hombre que tiene amigos, ha de mostrarse amigo; y amigo hay más unido que un hermano”.

La mayoría probablemente ha descubierto por propia experiencia la verdad de este proverbio, especialmente la primera parte del versículo. Difícilmente se puede esperar tener amigos si uno mismo no muestra amistad. Hasta hoy, no todos los traductores de la Biblia están de acuerdo que eso fue lo que quiso decir el que lo escribió en hebreo. Hay mucha variación en la primera frase en las distintas versiones.

 

Más allegado que un hermano

Parece que en la segunda parte del versículo los traductores están todos de acuerdo: un verdadero amigo es más allegado que un hermano. La implicación de la primera frase parece ser que no todos los amigos son dignos de confianza, y así tenemos las siguientes versiones:

Hay amigos que sólo llevan a la perdición, pero hay un amigo más allegado que un hermano. (NUEVA REINA-VALERA, 1990)

Hay amigos que causan la ruina, y hay quien ama con más afecto que un hermano. (BIBLIA DE JERUSALEN, 1970)

El hombre de muchos amigos labra su misma destrucción; pero hay un amigo que es más apegado que un hermano. (VERSION MODERNA, 1967)

Algunas amistades se rompen fácilmente, pero hay amigos más fieles que un hermano. (LA BIBLIA VERSION POPULAR, 1983)

Cuando Jesús les hizo la oferta de amistad a sus discípulos, ¿estaba solamente hablando en broma? ¿Creen que estaba “pretendiendo” una amistad? No puede haber amistad duradera sin confianza mutua e integridad. ¿Hay suficiente razón para confiar en el Hijo de Dios como “un amigo más allegado que un hermano”?

¿Cómo hemos de entender esas historias que dan “terror” como decía el sepulturero escocés; esos aspectos “más feroces de las Escrituras” que la devota maestra de Biblia se retraía de presentar o discutir con sus alumnos? ¿Será que esos pasajes representan más bien el carácter temible de Dios el Padre y no el de su amable Hijo?

 

¿Es posible que el Padre sea como Jesús?

Felipe fue uno de los discípulos que tuvo el privilegio de escuchar la invitación del Maestro a la confianza y a la amistad. Evidentemente él también quedó perplejo por la diferencia aparente entre la amistad de Jesús y la idea que él tenía del Padre en el Antiguo Testamento. El le pidió: “Jesús, muéstranos al Padre y nos basta”.1

“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”

Felipe sin duda pensaba, “Pero nuestra pregunta no se refiere a ti. Nosotros te conocemos, Señor, y te amamos. Y aunque te adoramos como el Hijo de Dios, no tememos estar cerca de ti aquí en el aposento alto. La persona de quien tenemos preguntas, es el Padre. Queremos saber del Dios que tronó en el Sinaí, que destruyó a todos los habitantes de la tierra en el diluvio de Noé,2 que quemó las ciudades de Sodoma y Gomorra,3 que devoró con fuego a Nadab y a Abiú,4 que abrió la tierra para que tragara a Coré, a Datán y a Abiram,5 que mandó apedrear a Acán y a su familia,6 e hizo llover fuego del cielo en el monte Carmelo”.7

“Jesús, ¿podría el Padre ser como tú?”

Y el Señor respondió, “Si verdaderamente me conocieras, conocerías también al Padre. ¿Cómo puedes decir: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo soy uno con el Padre, y que el Padre está en unión conmigo? Si confías en mí, puedes confiar en el que me envió”.

Y Jesús podría haber continuado, “En cuanto a aquellas historias angustiadoras de disciplina y de muerte, no las malentiendas, no indican que el Padre es menos amistoso o accesible de lo que soy yo. La verdad es que fui yo quien guió a Israel por el desierto. ¡Fui yo quien mandó apedrear a Acán!”

Pablo entendía esto cuando escribió, usando el símbolo bíblico familiar de la roca, “Porque bebían agua de la roca espiritual que los acompañaba en su viaje, la cual era Cristo”.8

Si tan sólo Felipe hubiera continuado sus preguntas, quizás los discípulos habrían recibido explicaciones de valor inestimable para agregar en los Evangelios. El podría haber preguntado: “Jesús, ¿por qué mandaste que Acán y toda su familia fueran apedreados, pero obraste para que no apedrearan a la mujer sorprendida en adulterio? ¿Por qué usaste el trueno para hablar en el Sinaí, y ahora hablas tan suavemente con nosotros?”

Desafortunadamente los discípulos estaban más interesados en obtener los mejores lugares en la mesa y en los puestos que podrían asegurarse en el reino futuro. Por eso, ahora nos toca a nosotros hacerle las preguntas, y Jesús nos invita como amigos suyos, a buscar ese conocimiento.

 

¿Por qué alzó Dios su voz en el Sinaí?

Imagínate estar presente en ese día pavoroso cuando Dios descendió al Sinaí para hablar con los hijos de Israel. La montaña entera temblaba ante la presencia de Dios. Había truenos, relámpagos, fuego, humo y el sonido estridente de trompetas.

Y Dios le dijo a Moisés: “No subáis al monte ni toquéis su límite. Ninguna mano lo tocará, sino ha de ser apedreado o asaeteado. Sea animal o sea hombre. No traspasen el límite por ver al Eterno, porque multitud de ellos caerá”.9

El pueblo estaba aterrorizado. “Y temblando de miedo, se mantuvieron lejos. Y le dijeron a Moisés: ‘Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos. No hable Dios con nosotros, para que no muramos’ ”.10

Pero Moisés le aseguró al pueblo que no necesitaba temer, porque él conocía a Dios y era amigo de Dios. Aunque Moisés siempre se presentaba ante Dios con profunda reverencia y respeto, no le tenía miedo. Y el Señor le hablaba a Moisés “cara a cara, como habla cualquiera con su compañero”.11

Recuerda con qué intrepidez, aunque con reverencia, Moisés respondió a la oferta de Dios de abandonar a Israel, y de hacer de él una gran nación.12

Pero en todo el camino desde Egipto al Sinaí el pueblo se había comportado muy irreverentemente, murmurando y quejándose, a pesar de la liberación milagrosa en el mar Rojo y de la generosa provisión de agua y alimento que Dios les dio. ¿Cómo podía Dios conseguir su atención y retenerla el tiempo necesario para revelarles más verdades acerca de sí mismo?

¿Debería él hablar dulcemente a este pueblo, con voz “apacible y suave”, como años más tarde le hablaría a Elías en la boca de la cueva?13 ¿Debería haber simplemente llorado sobre Israel, como lo haría siglos más tarde cuando se sentó en la ladera de otro monte, y lloró sobre Jerusalén?14

Solamente un despliegue dramático de su majestad y poder podía ganar el respeto de aquella multitud insumisa en el desierto. Pero con eso Dios corrió el riesgo de ser malentendido como una deidad aterradora, no un Dios que podía ser amado como un amigo.

Sin embargo, tuvo que correr ese riesgo para no perder el contacto con su pueblo. Sin reverencia para su Dios, no tomarían en serio sus instrucciones ni lo escucharían. Por eso el proverbio bíblico nos enseña que “Venerar al Eterno es el principio de la sabiduría”.15 Y Dios está dispuesto a correr ese riesgo de ser temido momentáneamente, antes de perder el contacto con sus hijos.

 

¿Amas tanto que harías lo mismo?

Los padres y los maestros deben entender este riesgo. Imagínate como una maestra de niños reconocida por su dignidad y serenidad. En todos tus años de enseñanza nunca te ha sido necesario levantarle la voz a tus alumnos. Pero el director, a la puerta, te acaba de informar que el edificio está en llamas y tienes que sacar a los niños del aula con la mayor rapidez. Con serenidad y con voz queda anuncias que el edificio se está quemando. Hay mucho ruido en el aula después del recreo y nadie se da cuenta lo que estás anunciando. ¿Estarías dispuesta, por amor a tus alumnos, a gritar? Y si así no consiguieras su atención, ¿estarías dispuesta a subirte sobre la mesa y aun arrojar algunos borradores para conseguirla? Los niños finalmente verían ese cuadro extraordinario: su dulce y serena maestra aparentemente enojada por primera vez, gritando y gesticulando como nunca la han visto antes. Algunos quizás se encogerían en sus asientos, aterrados.

“Ahora niños, no hay que ir a casa a contar que yo estaba disgustada”, les empezarías a explicar. “Simplemente necesito la atención de todos. Es que el edificio se está quemando y no quiero que nadie se queme. Vamos a ponernos en fila rápidamente y vamos a marchar por esa puerta”.

 

El riesgo de la disciplina

¿Cuál muestra mayor amor: la maestra que deja de alzar la voz por temor de que los niños se asusten, o la que corre el riesgo de que le tengan miedo y piensen que ha perdido la dignidad, con tal de salvar a los niños que están bajo su cuidado?

Dios corre este mismo riesgo cada vez que disciplina a su pueblo. “Porque el Señor, reprende al que ama”.16 Disciplinar sería una mejor traducción que “reprender”, porque “reprender” da más la idea de castigo. La palabra en el griego original es más amplia, y significa “educar”, “entrenar”, “corregir”, “ disciplinar”. Todas éstas pueden involucrar cierto castigo, pero siempre con el propósito de una instrucción.

Esta explicación del propósito amoroso de la disciplina de Dios se incluye en este otro proverbio de Salomón:

 

Hijo mío, no menosprecies la disciplina

del Eterno, ni te fatigues de su corrección;

porque el Señor reprende al que ama,

como el padre al hijo a quien quiere.17

 

El libro de Hebreos cita este proverbio y luego urge a los hijos de Dios a fijarse en su significado animador. “Soportad las pruebas como disciplina, pues Dios os trata como a hijos. Porque, ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Si os dejara sin disciplina, de la cual todos participan, seríais bastardos, y no hijos. Por otra parte, nuestros padres terrenales nos disciplinaron, y los respetábamos. ¡Con cuánta más razón debiéramos someternos al Padre de los espíritus, y vivir! Nuestros padres nos disciplinaban por pocos días, como a ellos les parecía. Pero Dios nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Es verdad que al presente, ninguna disciplina parece ser motivo de gozo, sino de tristeza, pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella son ejercitados”.18

 

Lección aprendida en el primer escalón

Hoy me doy cuenta cuánto riesgo corrió mi dulce madre de ser malentendida cada vez que determinaba que había necesidad de una instrucción con impresión especial. El lugar usual para administrar esa disciplina era en el pasillo de entrada de nuestra casa de dos pisos en Inglaterra. Contra una pared había un mueble alto con un espejo, un lugar para colgar los sombreros y paraguas, y en su parte media una gaveta para los guantes. En esta gaveta había dos correas de cuero. Nunca descubrí la razón de que hubiese dos, pero en mi imaginación todavía puedo escuchar el ruido de la manilla de esa gaveta y el rasgueo que hacían los cintos cuando Mamá hacía la selección. Acto seguido ambos nos dirigíamos hacía las escaleras. Mamá se sentaba y el culpable asumía la postura apropiada. Entonces venía la presentación de la naturaleza y la seriedad de la falta cometida; todo esto al ritmo del balanceo de la correa. Cuanto más serio era el delito, más tiempo tomaba Mamá para considerarlo. Nunca recuerdo haber pensado, cuando estaba en esa posición dolorosa, “¡Qué dulzura y amor de parte de mi madre al disciplinarme así! ¡Cuán bondadosa es al correr el riesgo de ser malentendida o quizás hacerme que la odiara o le obedeciera por miedo!” Al contrario, me parece recordar sentimientos muy diferentes en ese momento.

Una vez acabado el proceso, yo tenía que sentarme en el primer escalón y reflexionar por un rato en la experiencia. Luego, antes de que pudiera salir a jugar de nuevo, tenía que encontrar a Mamá para recibir un abrazo, besos y la seguridad de que las cosas mejorarían de allí en adelante.

A veces el arrepentimiento tardaba en venir. Recuerdo cuando subí a un escalón más alto desde donde podía mirar a través de una ventana las flores en el césped. Era difícil mantener mi enojo por mucho tiempo, o seguir sintiendo temor. Parecía que Mamá siempre mantenía su calma. Sabíamos que no había nada que ella no estaría dispuesta a hacer por nosotros, sus hijos, y su paciencia no tenía límite cuando escuchaba todo lo que teníamos para contarle. ¡Parecía sentir gran orgullo de nuestros logros, y era tan comprensiva con nuestros fracasos!

Hace poco visité de nuevo el escalón de abajo. La ventana de vidrios de color está todavía, pero la escalera parecía más baja que cuando me sentaba en su primer escalón. Por alguna razón yo no podía recordar el dolor ni la vergüenza que sentía antes allí. Pero cuando pensé en mi madre, que está ausente hace ya muchos años, me embargó un recuerdo cálido, aunque no en el sitio del cuerpo donde antes lo sentía cuando aparecía la correa.

Espero que nunca perderé el significado de esas sesiones con Mamá al pie de las escaleras. Nos ayudó a aprender una verdad esencial acerca de Dios. La comprensión no fue inmediata. Mamá estuvo dispuesta a esperar, porque si hubiéramos crecido teniéndole temor y odio por esas disciplinas y castigos, se le hubiera quebrantado el corazón. Pero nos amaba tanto que estuvo dispuesta a correr ese riesgo.

 

Dios prefiere la voz apacible y suave

El mensaje de la Biblia es que Dios quiere tanto a su pueblo que está dispuesto a correr este mismo riesgo. Es cierto que si insistimos en seguir nuestros caminos, Dios finalmente nos dejará libres para hacerlo. Sin embargo, no nos abandona con facilidad. El persuade, nos advierte, nos disciplina. Prefiere siempre hablarnos con toda tranquilidad, como lo hizo finalmente con Elías. Pero si no podemos oír la voz apacible y suave, él hablará por el terremoto, el viento y el fuego.19

En ciertas ocasiones, en momentos muy críticos, Dios se ha visto obligado a usar medidas extremas para ganar nuestra atención y respeto. En ocasiones tales nuestra reverencia renuente ha sido mayormente el resultado del temor. Pero así Dios ha podido obtener una nueva oportunidad para hablar, para advertirnos nuevamente antes de que nos alejemos más allá de su alcance, a fin de volver a crear en algunos de nosotros la confianza perdida, para que podamos entender que no hay motivo de tener temor.

Evidentemente, a través de todo esto Dios ha mostrado ser un amigo “más allegado que un hermano”.20 El que desea que seamos sus amigos es tan amigo él mismo que está dispuesto a seguir siéndolo, aun cuando nosotros no seamos amigables con él. Con paciencia él sigue obrando para transformar aun a sus enemigos en amigos comprensivos.

 

Cómo ganó Dios a Saulo

Dios no se “despegó” de su enemigo Saulo hasta que lo transformó en Pablo, el gran apóstol de la confianza y el amor. Antes que Saulo se encontrara con Jesús en el camino a Damasco, estaba totalmente dedicado a erradicar lo que él creía eran enseñanzas falsas y peligrosas acerca de Dios. Si alguien hubiera osado sugerir que él era enemigo de Dios, Saulo se habría encolerizado. Tenía razones suficientes para considerarse el siervo de Dios más celoso, activo y defensor de la verdad.

Pero Saulo adoraba a un dios nada amigable que usaba la fuerza para conseguir sus gustos. Por eso, en el nombre del dios que él conocía, Saulo buscaba obligar a los primeros cristianos a abandonar su herejía y volver a la verdad. Si se negaban, los haría arrestar y aún destruir, así como creía que su dios haría.

Por esa razón, Saulo podía estar presente en el apedreamiento de un hombre tan bueno como Esteban. El no gozaba de la ejecución, pero él “consentía en su muerte”.21 El recordaba la historia del Sinaí. ¿Acaso el Dios justo y santo no mandó que los desobedientes fueran apedreados o asaeteados?

 

“Te ruego que perdones a Saulo”

¿Cómo podía Dios ganar a un hombre como Saulo para que fuera su amigo, un amigo de un Dios amistoso?

El Señor escogió enfrentar a su futuro amigo en el camino a Damasco. Los recuerdos de la ejecución de Esteban molestaban su conciencia. Esteban había demostrado un conocimiento admirable de las Escrituras, y la conciencia de Saulo aún reconocía la autoridad de la verdad.

Posiblemente le molestaba mucho el recuerdo de la oración de Esteban justo antes de su muerte: “¡Señor, no les atribuyas este pecado!”22 Había también informes que ese hereje, Jesús, se comportó en forma similar en la cruz, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.23 Si estos dos hombres eran realmente herejes impíos, ¿cómo podían soportar tal tortura con gracia tan divina?

Pero, podía seguir razonando Saulo, ¿qué pasó con todas esas historias en la Biblia de la ira divina y la retribución, de la aplicación de justicia para hacer desaparecer el pecado y al pecador? ¿Acaso los principales administradores y teólogos no lo habían autorizado para llevar a cabo esta ingrata pero santa misión? Por esto, Saulo continuó su viaje hacia Damasco, “respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor”.24

¿Habría producido algún efecto si Dios lo hubiera tocado suavemente en el hombro y preguntado: “Saulo, un momento, ¿podría tener una palabra contigo?” Saulo ni siquiera hubiera sentido ese toque suave, menos aún hubiera escuchado la voz apacible y suave. Primeramente había que hacer algo dramático para captar la atención de Saulo.

Con una explosión de luz, Dios lo arrojó al suelo allí mismo en el camino. Más aún, para asegurarse de su atención indivisa a lo que Dios quería decirle, le quitó por un tiempo la vista.

Al verse en el suelo incapacitado, tiene que haberse sobresaltado al descubrir que su agresor no era nada menos que el manso y humilde Hereje a quien una vez él había despreciado como débil por enseñar tonteras tales como amar a los enemigos y aun orar por los romanos.

“Pero él podría haberme muerto en ese momento”, pudo haber pensado Saulo. “Creo que yo lo habría hecho si hubiera estado en su lugar. ¿Por qué no me destruye, ya que yo estoy destruyendo a sus discípulos? En lugar de eso me está hablando suavemente

en mi mismo idioma (arameo).25 ¡Y está hablando acerca de mi conciencia!”

“Lo siento, Señor, yo estaba muy equivocado. Te ruego que me aceptes ahora como tu siervo, y me digas qué quieres que haga”. Años más tarde, en la carta a los creyentes de Roma, Saulo —ya conocido como Pablo— consideraba un honor presentarse como “un siervo o esclavo, de Jesucristo”.26

 

Pablo, el siervo

Sin embargo, Dios quería más de Pablo que simplemente servidumbre sumisa. Así que en ese momento, no le dio órdenes específicas, salvo que debía levantarse e ir a Damasco. “Allí te dirán lo que te está asignado que hagas”.27 Un hombre llamado Ananías lo fue a visitar en la ciudad con un saludo amigable: “Hermano, Saulo, recibe la vista”.28 Entonces Ananías prosiguió dándole la descripción de las grandes expectativas que Dios tenía respecto a su nuevo discípulo. Saulo debía ser el asistente de Dios29 para hacer conocer la verdad. “El Dios de nuestros padres —continuó Ananías— te ha elegido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque has de ser testigo suyo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído”.30

 

Pablo, el amigo comprensivo

Cuando Pablo reflexionó en la habilidad persuasiva de Dios al tratarlo con firmeza pero con benignidad en el camino a Damasco, fue transformándose en algo más que un fiel siervo. Llegó a ser un amigo muy comprensivo, cuyo blanco más alto fue testificar por la verdad acerca de su Señor tratando a otros como Dios lo había tratado a él.

A los corintios les escribió: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”.31 Nunca más recurriría al abuso de la fuerza. A aquellos que no estaban de acuerdo con él, aun en asuntos de importancia, solía decir: “Cada uno esté plenamente convencido en su mente”.32 Y a aquellos que se creían libres para criticar y condenar, les preguntaba: “¿Quién eres tú para juzgar al siervo ajeno?”33

Pablo mostró cuán profundamente conocía a Dios y entendía las sendas de la amistad y la confianza, cuando prodigó un trato semejante al de Cristo a los notoriamente indisciplinados miembros de la iglesia en Corinto. Apeló primeramente a ellos por la razón y el amor. Para ellos escribió el famoso capítulo del amor que conocemos ahora como primera de Corintios 13. Pero no les impresionó, y ellos rechazaron desdeñosamente su consejo.

Si hubiera sido antes de Damasco, Pablo habría sabido exactamente cómo tratarlos —¡apresarlos, y quizás apedrear a algunos! Pero ahora, de eso, ni qué pensar. Decidió visitarlos personalmente, viajando de Efeso a Corinto. Allí lo insultaron ásperamente, tratándolo de débil y vacilante. Se burlaron de su pretensión de ser apóstol y desafiaron su autoridad para corregirlos.

Algunos se mofaron, “Sus cartas son graves y fuertes, pero su presencia corporal débil, y su palabra menospreciable”.34 Evidentemente no iban a tratarlo con seriedad hasta que él hiciera algo para ganar su respeto.

Pablo volvió a Efeso para decidir cuál sería su siguiente táctica. Como la maestra en la escuela que se quemaba, ¿debía correr el riesgo de ser malentendido al levantar severamente la voz? ¿Sería que entonces lo acusarían de más vacilación, de contradecir su propio capítulo del amor?

Su cometido era seguir el ejemplo de Cristo, si tan sólo pudiera saber lo que su Señor haría en un caso tal. Pero, sí sabía. Cristo había levantado la voz en el Sinaí para captar respeto y atención. La había levantado nuevamente en el camino a Damasco, por lo cual su anterior enemigo estaría eternamente agradecido.

Pablo hizo su decisión. Envió una carta calcinante. Era tan severa que él mismo lloró al escribirla. Acongojado de que podría ser malinterpretado, no pudo aguantar más la espera para la respuesta, e inició su viaje de nuevo hacia Corinto. Comenzó a lamentar lo que había escrito, pero sólo por corto tiempo. En el camino recibió la noticia de que la medida de emergencia había resultado. ¡El haber levantado la voz había producido su efecto! La carta había sido recibida con “temor y temblor”, y con respeto renovado, el consejo del apóstol había sido plenamente aceptado.35

 

¿Se puede confiar en el Dios que apedreó a Acán?

Así como Pablo lloró cuando escribía la carta a los pecadores de Corinto, así también Dios habrá llorado cuando ordenó la ejecución de Acán y toda su familia. Requirió que sus propios conciudadanos israelitas lo apedrearan y luego quemaran los restos. ¿Se podría confiar en un Dios tal como en un amigo?

Cuando el pueblo cruzara el Jordán para entrar en una Canaán hostil, la única esperanza de supervivencia residía en tomar tan seriamente lo que Dios mandaba que cumplirían cada instrucción en todos sus detalles. Había peligro que el espíritu rebelde e irrespetuoso de Acán se difundiera por el campamento.36

En una época en que la vida tenía poco valor —ya el pueblo le había dicho a Josué que los que le desobedecían debieran ser muertos— era necesario que la disciplina de Dios fuera suficientemente aterradora y dramática para efectuar la impresión adecuada.37 Pero a medida que las piedras daban en su blanco, ¡cómo habrá sufrido en ese horrible momento Aquél que ve caer compasivamente aun a los pajarillos!38

 

Un retrato consistente de Dios

El haber recorrido 135 veces los 66 libros de la Biblia en compañía de miles de personas, ha servido para convencerme de que el registro bíblico revela un cuadro consistente de un Dios infinitamente poderoso, pero a la vez benigno y confiable. Un Dios cuyo propósito máximo para sus hijos es la libertad de una amistad inteligente.

A medida que obra en nosotros para alcanzar ese ideal, está dispuesto a humillarse para encontrarnos en el nivel en que estamos. No nos guía a un paso más apresurado de lo que podemos seguir, y nos habla en un lenguaje que podemos respetar y entender. Con el fin de mantener abiertos los canales de comunicación, a menudo ha tenido que usar medidas que corren el riesgo de ser malentendidas.

Para sus enemigos y observadores descuidados, éstos parecen actos de un Dios hostil. Pero para amigos comprensivos, son evidencia adicional de un Dios cuya confiabilidad es la base de nuestra confianza.

Y sin confianza no puede haber verdadera amistad.

 

1. Ver Juan 14:8.

2. Ver Génesis 6–8.

3. Ver Génesis 18:16–19:29.

4. Ver Levítico 10:1–11.

5. Ver Números 16.

6. Ver Josué 7.

7. Ver 1 Reyes 18.

8. 1 Corintios 10:4 DIOS HABLA HOY. LA BIBLIA VERSION POPULAR.

9. Ver Exodo 19:10–25.

10. Exodo 20:18,19.

11. Exodo 33:11.

12. Ver Números 14:11–19.

13. Ver 1 Reyes 19:12.

14. Ver Lucas 19:41–44; 13:34; Mateo 23:37.

15. Proverbios 9:10.

16. Ver Hebreos 12:6.

17. Proverbios 3:11,12.

18. Hebreos 12:7–11.

19. Ver 1 Reyes 19:9–13.

20. Proverbios 18:24.

21. Hechos 8:1.

22. Hechos 7:60.

23. Lucas 23:34.

24. Hechos 9:1.

25. Arameo. Ver Hechos 26:14.

26. Ver Romanos 1:1.

27. Ver Hechos 22:10.

28. Hechos 22:13.

29. Una palabra usada para los asistentes de los médicos, de reyes, del Sanedrín, o en la sinagoga. Algunas versiones usan la traducción “ministro”, como en Lucas 1:2, “ministros de la palabra”.

30. Hechos 22:14,15.

31. Ver 1 Corintios 11:1.

32. Ver Romanos 14:5.

33. Ver Romanos 14:1–23.

34. 2 Corintios 10:10.

35. La historia completa se relata en 2 Corintios.

36. Ver Josué 7:1–29.

37. Ver Josué 1:18.

38. Ver Mateo 10:29,30 y Lucas 12:6,7.

Copyright © 2010 - 2018 Speaking Well of God, Inc. All rights reserved. Terms of Use | Privacy Policy | Website by NewBlood