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¿POR QUÉ TENÍA QUE MORIR JESÚS?

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De todos los acontecimientos registrados en las Escrituras, ninguno proclama tan claramente la verdad acerca de Dios que la vida y la muerte de Jesús, su Hijo.

No es que el Antiguo Testamento hubiera fallado en testificar elocuente y convincentemente de la verdad. Algunos de los más persuasivos ejemplos de la infinita gracia y confiabilidad de Dios se describen en los primeros treinta y nueve libros. Las respuestas a las acusaciones de Satanás empiezan desde la primera página del primer libro.

Pablo habló del testimonio que el Antiguo Testamento da acerca de la rectitud de Dios (Romanos 3:21 Interlineal Griego-Español Tischendorf). Jesús confirmó que el Antiguo Testamento había dado un testimonio verídico acerca de él (Juan 5:39; Lucas 24:44).  Hebreos 4:2 declara que el pueblo de Dios escuchó las Buenas Nuevas en los días de Moisés.

Cuando Pablo necesitaba citar un ejemplo de gran fe en Dios él escogió a Abraham (ver Romanos 4) quien vivió como un amigo verdadero de Dios mucho antes de escribirse el primer libro de la Biblia. Hebreos 11 enumera a muchos otros en tiempos del Antiguo Testamento que, pese a las circunstancias más difíciles, entendieron la verdad y aprendieron a confiar en Dios.

Pero se necesitaba todavía una demostración más clara de la verdad. Había acusaciones surgidas en el gran conflicto que todavía tenían que ser refutadas. A pesar de que Moisés, Miqueas e Isaías y otros profetas hablaron tan bien de Dios, ellos señalaban hacia aquel día en el futuro, cuando Dios mismo respondería, en definitiva, cualquier duda que quedase acerca de su confiabilidad.

«Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (Hebreos 1:1-3 BAD).

El primer capítulo de Hebreos enfatiza que el que vino a revelar a Dios, también era Dios en sí mismo,  «Cuando trae al Primogénito al mundo, dice: ‘Y LO ADOREN TODOS LOS ÁNGELES DE DIOS…’»  «Del Hijo dice: ‘TU TRONO, OH DIOS, ES POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS’» (Hebreos 1:6-8 NBLH).

En su carta a la iglesia de Filipos, Pablo claramente reconoce que cuando Jesús nació entre nosotros como ser humano, él era Dios que de esa manera se humillaba. «Aunque era Dios, no demandó ni se aferró a los derechos que como Dios tenía, sino que, despojándose de su gran poder y gloria, tomó forma de esclavo al nacer como hombre» (Filipenses 2:6,7 NT BAD 1979).

A Nicodemo Jesús le dio la razón más sencilla del por qué él había venido. «Nadie ha subido jamás al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre» (Juan 3:13 BAD). Es decir, ninguno de nosotros ha subido alguna vez, para traer consigo la verdad acerca de Dios.

Juan en su evangelio ofrece una explicación parecida: «A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, quien es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer» (Juan 1:18 NT BAD).

La Nueva Versión Internacional presenta este pasaje de esta manera: «A Dios nadie lo ha visto nunca; el hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer»  O como tan bellamente aparece en la New English Bible (Nueva Biblia Inglesa): «El Hijo único de Dios, el que está más cerca del corazón del Padre, él le ha dado ha conocer».

La historia más importante en todos los sesenta y seis libros es la de como el Hijo de Dios vino a esta tierra, cómo vivió entre nosotros como la persona más gentil que el mundo alguna vez ha visto, cómo aún en la flor de su juventud sufrió una muerte terrible, y luego se levantó de la tumba y regresó a su Padre Celestial.

¿Qué nos dice todo esto acerca de Dios? ¿Por qué vino Jesús en forma humana? Y ¿por qué tenía que morir?

Algunas veces el cristiano daría respuesta a estas preguntas repitiendo el versículo más conocido de toda la Biblia, Juan 3:16: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».  O tal vez haya memorizado este versículo, tal como se traduce en la versión Dios Habla Hoy. En esta versión, las palabras aparecen entre comillas para indicar que fueron pronunciadas por Jesús mismo: «Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna».

Este famoso versículo, sin embargo, no nos explica por qué Jesús tenía que morir. Solo nos dice que Dios amó al mundo lo suficiente como para dar a su Hijo.

La primera mención de la muerte en la Biblia fue cuando Dios pronunció su solemne amonestación en el Jardín de Edén: «El día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17).

Satanás ha negado la veracidad de estas palabras: «No moriréis», les aseguró a Adán y Eva. «No hay riesgo alguno, es perfectamente seguro —es más, es de gran beneficio —comer del fruto de este árbol. No pueden confiar en que Dios siempre les dice la verdad. Por eso es que no es sabio ni seguro poner toda su confianza en  él» (ver Génesis 3:1-6).

Pero Satanás no solo ha negado la veracidad de las palabras de advertencia de Dios, sino que ha llevado a la perversión de su verdadero significado. El enemigo de Dios y del hombre, el que quisiera que tuviéramos miedo de nuestro Padre Celestial por ser arbitrario, no perdonador y severo ha llevado a otros a la malinterpretación de esa advertencia como si fuera una ruda demanda de obediencia bajo pena de muerte.

¡Qué funesto efecto ha tenido en todo el mundo esta distorsión de la verdad! ¡Cómo ha envenenado la actitud de los seres humanos hacia Dios y la forma en la practican la religión! Obedezcan, o enfrenten la ejecución en las manos mismas de un Dios airado. ¿Cómo es posible que tan satánico punto de vista haya llegado a gozar de tan amplia aceptación?

Por miles de años el hombre ha ofrecido sacrificios —algunas veces, hasta a sus propios hijos— para ganar el favor de ofendidos dioses. Aun en el mundo cristiano algunos enseñan que si Jesús no hubiera aplacado la ira de Dios, hace mucho tiempo que hubiéramos sido destruidos; y que si no fuera por los constantes ruegos del Hijo en favor nuestro, el Padre no encontraría razones para perdonar ni sanar a los pecadores.

Pero, ¿hace falta hacer algo para persuadir a Dios a que ame a sus hijos?

No hay cosa más enfática en las Escrituras que el hecho de que Dios siempre ha amado—hasta al más descarriado de sus hijos. El constante testimonio de todos los sesenta y seis libros es que nuestro Padre celestial nos ama como ama a su Hijo.

Cuando Dios dijo, «El día que comas de él, morirás», no estaba expresando una amenaza arbitraria. Movido por el amor a sus criaturas solamente les advertía de las consecuencias del pecado.

El pecado cambia de tal manera al pecador que este resulta en muerte. Separado de la Fuente de la vida, ciertamente morirá. Por estar fuera de armonía con su Creador, ya no puede soportar la gloria vivificante de su presencia.

Esta gloria que rodea a Dios es descrita con frecuencia en la Biblia como teniendo la apariencia de fuego. Cuando Dios bajó al Monte Sinaí, «la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel» (Éxodo 24:17).

Cuando Daniel registró su visión del cielo, describió el trono de Dios como  «llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él» (Daniel 7:9, 10).

Cuando Ezequiel, describió su visión de Dios en Ezequiel 1:4-28, mencionó repetidamente la apariencia como de resplandor y de fuego: «Tal fue la apariencia de la semejanza de la gloria de Jehová» (versículo 28, VM). Al describir la posición de Lucifer antes de su caída, lo vio de pie en la misma presencia de Dios, «en medio de las piedras de fuego» (Ezequiel 28:14,16).

Incluso cuando un amigo tan confiable de Dios como Moisés, pidió ver a Dios en su gloria, el Señor le contestó, «mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Éxodo 33:20 BJ 1976). No obstante, cuando Moisés descendió después de hablar con Dios en el monte, su rostro reflejaba de tal manera la gloria divina que tuvo que cubrirse con un velo por consideración del pueblo (ver Éxodo 34:29-35).

Cuando Dios dijo que ningún hombre podía mirar su cara y vivir, no era una amenaza de que mataría a cualquiera que él sorprendiera tratando de mirarle. Para el hombre, en su presente condición pecaminosa, la gloria pura de Dios sería un fuego consumidor.

¿Entonces, cómo puede Dios salvar a los pecadores? ¿Cómo podría acercarse lo suficiente como para ganarlos de vuelta a la fe?

Una distante oferta de perdón no podría restaurar el daño que se ha hecho. ¿Cómo podría aclararle Dios al hombre la verdad acerca de sí mismo, de tal manera que llegue a confiar en él una vez más y ser sano?

La respuesta de Dios fue la de mandar a su Hijo en forma humana. Aunque el Hijo es el mismísimo «resplandor de la gloria de Dios» (Hebreos 1:3, NVI), Jesús «se quitó ese honor» al «nacer como un ser humano» (Filipenses 2:7 PDT). Veló el resplandor fulgurante de su divinidad para que los hombres pudieran conocer a Dios sin ser consumidos.

El universo observaba cuando Dios perdonó a Adán y a Eva. Los ángeles habían escuchado la advertencia de muerte. Escucharon también la negación descarada de Satanás. La misma pregunta que desencadenó la guerra en el cielo, había surgido de nuevo. ¿Quién tenía la razón? ¿Quién decía la verdad —Dios o el antiguo Portador de Luz?

De haber permitido Dios que nuestros primeros padres cosecharan las consecuencias naturales de su rebelión y de su pecado, la veracidad de su advertencia se hubiera visto claramente y la falsedad de Satanás habría sido expuesta.

Pero «El Señor no… quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan» (Pedro 3:9 BAD).  En vez de la muerte, él ofreció perdón y sanidad. Por su misericordia, veló la gloria de su presencia. En un acto de misericordia, él veló la gloria de su presencia. Misericordiosamente preservó la vida del pecador para que tuviese más tiempo para reflexionar en la verdad.

Dios corrió el tremendo riesgo de ser malinterpretado. Satanás no dudaría en aprovecharse de la disposición de Dios para perdonar, usándola como una prueba a favor de sus diabólicas acusaciones. «Les dije que Dios mintió»,  podría haber clamado el diablo. «El pecado no produce la muerte. No morirán». ¿Por qué no permitió Dios que Satanás y sus ángeles cosecharan el resultado completo de su pecado?  ¿No habría sido su muerte la manera más efectiva de detener del todo la diseminación de la rebelión y para eliminar la tentación y el pecado?

Pero el universo nunca había visto muerte. No era evidente todavía que la muerte era la inevitable consecuencia del pecado. Existía el peligro de que el universo asumiera que Dios había ejecutado a sus enemigos y que los atentos seres que observaban fueran, en consecuencia, movidos por el miedo a obedecerle.

A pesar de las acusaciones de Satanás por lo contrario, Dios no desea un servicio nacido del temor.  Le duele que sus hijos tengan miedo. Si nuestra motivación para obedecer sus mandamientos fuera el temor a su poder destructor, nuestra obediencia no diría nada bueno acerca de nuestro amante Padre celestial. Para permanecer libres y sin miedo de Dios, el universo tiene que aprender la verdad acerca del resultado del pecado. Necesitan ayuda para entender que la muerte del pecador no es una ejecución en las manos de un Dios vengativo.

Pero, ¿no menciona con frecuencia la Biblia la terrible ira de Dios? El tercer ángel de Apocalipsis 14 advierte que al final, la ira de Dios sin mezcla de misericordia, será vertida sobre las cabezas de los pecadores no arrepentidos, y que serán consumidos con fuego que nunca se apaga (ver Apocalipsis 14:9-11).

¿Cuál es esa ira de Dios? ¿Será como la ira humana?

En el primer capítulo de Romanos, Pablo describe cómo es derramada la ira de Dios sobre aquellos que lo rechazan y que suprimen la verdad. Tres veces Pablo explica que Dios abandona a tales personas, entregándolos a los resultados de sus rebeliones.

«Porque la ira de Dios está siendo manifestada desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad. Porque lo que de Dios es conocido, es evidente para ellos, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, entendiéndose por medio de las cosas hechas, de modo que son inexcusables. Porque habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se entregaron a vanas especulaciones, y su necio corazón fue entenebrecido. Alegando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por esto Dios los abandonó en las concupiscencias de sus corazones a la inmundicia, para que deshonraran sus propios cuerpos entre sí. Éstos cambiaron la verdad de Dios en mentira, y reverenciaron y sirvieron a la criatura antes que al Creador… Por eso Dios los abandonó a pasiones vergonzosas… Y como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Romanos 1:18-28 La Biblia Textual 2010, énfasis mío).

¡Esto sí es compatible con lo que conocemos de Dios! Y como la fe y el amor no pueden ser forzados, ¿qué más puede hacer Dios sino con tristeza abandonar a quienes le rechazan?

La ira de Dios, según parece describirla Pablo, se revela cuando con amante decepción se aleja de aquellos que, de todos modos no lo quieren, abandonándolos así a las inevitables consecuencias de su rebelde elección.

Seguro que no hay sentencia más terrible que se pueda pronunciar sobre un pecador que el que Dios diga, «Déjenlo solo».

Tal imagen de la ira de Dios no era una novedad para Pablo. El Antiguo Testamento se lo había enseñado mucho antes. En el triste pero maravilloso libro de Oseas, el profeta describe cómo Dios había, tan larga y pacientemente, buscado ganar de vuelta al rebelde pueblo de Israel. Pero el pueblo se burló de su amor y rechazó todos sus intentos. ¿Qué más le quedaba, sino abandonarlos con tristeza?

«Cuando Israel era muchacho, yo lo amé,

            y de Egipto llamé a mi hijo.

                       Cuanto más yo los llamaba,

                       tanto más se alejaban de mí;

                       a los baales sacrificaban,

                       y a los ídolos ofrecían sahumerios.

                       Yo con todo eso enseñaba a andar al mismo Efraín,

                        tomándole de los brazos;

                        y no conoció que yo le cuidaba.

                       Con cuerdas humanas los atraje,

                       con cuerdas de amor;

                        y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz,

                       y puse delante de ellos la comida.

 

                       No volverá a tierra de Egipto,

                        sino que el asirio mismo será su rey,

                        porque no se quisieron convertir.

                       Caerá espada sobre sus ciudades,

                       y consumirá sus aldeas;

                       las consumirá a causa de sus propios consejos.

                       Entre tanto, mi pueblo está adherido a la rebelión contra mí;

                       aunque me llaman el Altísimo,

                       ninguno absolutamente me quiere enaltecer.

 

                       ¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?

                       ¿Te entregaré yo, Israel?

                        ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o

                       ponerte como a Zeboim?

                        Mi corazón se conmueve dentro de mí,

                       se inflama toda mi compasión».

-Oseas 11:1-8 Reina Valera 1960, énfasis del autor

Hace más de mil novecientos años que el Hijo del hombre vino a esta tierra en forma humana para darnos la más clara manifestación de la verdad acerca de Dios que jamás verá el universo. Por la manera en que vivió y la manera en que murió, respondió las preguntas, satisfizo las acusaciones, confirmó la verdad —todo ello con pruebas que permanecerán por la eternidad.

Vino para mostrar cuán infinitamente amoroso es el Padre. Amó a todos, hasta a los pequeños niños. Los discípulos supusieron que el Salvador estaba demasiado ocupado como para dedicarles tiempo a los niños y a las niñas. Pero Jesús dijo, «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis» (Mateo 19:14). Vino para demostrar cuán infinitamente paciente es el Padre. Trató a todos con la mayor cortesía y comprensión, aunque fue con frecuencia rechazado e insultado. Un día, los discípulos le preguntaron a Jesús que si quería que hicieran descender fuego del cielo para consumir a todos los que rechazaban su amor. El Señor los reprendió por su impaciente dureza. Él no había venido a destruir, sino a sanar (ver Lucas 9:55; 19:10).

Jesús vino a mostrar cómo cada detalle de nuestras vidas es de importancia para el Padre. En toda la emoción que siguió a la resurrección de la hija de Jairo, fue Jesús quien les dijo que se aseguraran de darle de comer a la niña (ver Lucas 8:49-56).

Entonces, al final de su vida sin igual se dio la suprema demostración de cómo es Dios. Jesús fue arrestado un jueves por la tarde. Fue ilegalmente procesado. Fue falsamente acusado. Fue insultado de forma grosera. Pero no se enojó ni una sola vez; porque ¡Así es Dios!

Dos veces fue golpeado brutalmente. En toda esa noche no se le permitió dormir ni comer. ¿Pero, se molestó por ello? Ni por un momento, porque ¡así es nuestro Dios!

Los hombres se inventaron el juego de golpearle en la cabeza. Se burlaron de él, sugiriendo que su nacimiento misterioso era ilegítimo. Hasta le escupieron en el rostro. Pero, ¿se le agotó la paciencia? ¿Se enojó con quienes le atormentaban? ¡Nunca! Porque Dios es así.

Aun cuando colgaba de la cruz, sufriendo el dolor de la crucifixión y las burlas de quienes vino a salvar —aun cuando pasaba por la indecible agonía de la separación de su Padre —él continuó orando, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

Este es el tipo de persona que nosotros sabemos que Dios es. Porque el Padre es tan amoroso y perdonador como el Hijo. Y Jesús dijo, «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

Finalmente llegó el momento del que la seguridad del universo entero dependía —el Hijo de Dios estaba por morir.

Y mientras moría, no preguntó, «Dios, ¿por qué me estás matando? ¿Por qué me estás ejecutando?» Él clamó, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Ver Mateo 27:46 Torres Amat), «¿por qué me abandonas?»

A pesar de que, en ningún momento, había sido rebelde, Jesús estaba experimentando las consecuencias del pecado. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21). Dios estaba derramando su ira sobre su Hijo. Por nuestros pecados Jesús fue «abandonado» y «entregado» (Romanos 4:25), la misma palabra griega que Pablo emplea en Romanos 1 para describir la ira de Dios.

No hay imagen más clara de Dios que pueda ser vista al pie de la cruz.

Dios había dicho la verdad cuando advirtió que la paga del pecado es muerte. A través de su Hijo él mismo estaba muriendo esa muerte. Pero Dios no estaba ejecutando a su Hijo. Él solo lo «abandonó» al igual que abandonará a los impíos al final. Y aunque, por derecho, deberíamos haber muerto, Dios no nos pidió que comprobáramos la veracidad de sus palabras. Se sacrificó a sí mismo por medio de su Hijo.

¿Qué más podría haber hecho Dios para advertirnos de nuestro pecado y  ganarnos de vuelta a la fe? Ciertamente que se había mostrado eminentemente digno de nuestra confianza.

El mismo carácter de Dios se había puesto en duda delante del universo. Su advertencia de que la paga del pecado es muerte se había ridiculizado en el Edén. Pero ya no más. La muerte de Cristo había demostrado claramente la rectitud de Dios (ver Romanos 3:25,26 Tischendorf Interlineal Griego-Español). Se mostró que Dios tenía la razón en todo lo que había dicho (ver Romanos 3:4).

Cristo murió primeramente para probar la rectitud de Dios en el gran conflicto. Goodspeed tradujo al inglés las palabras de Pablo: «Dios lo mostró muriendo públicamente, como sacrificio de reconciliación para ser aprovechado por medio de la fe. Esto fue para vindicar su propia justicia (porque en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados pasados de los hombres) -para vindicar su justicia en este tiempo, y mostrar que él mismo es recto y que puede hacer rectos a quienes tienen fe en Jesús» (Romanos 3:25,26).

Con esta demostración suprema de la rectitud de Dios todas las dudas acerca de su carácter y su gobierno quedaron satisfechas en todo el universo. Dios ganó su caso. Los puntos decisivos en el gran conflicto han sido vistos claramente.

Solamente aquí, en este planeta, quedaban dudas acerca de Dios. Solo aquí quedaron algunos que todavía creen que Satanás pudiera estar en lo correcto.

Pronto viene el día cuando todos habrán tomado su decisión, a favor o en contra de Dios. Entonces volverá el Señor «en llama de fuego» (2 Tesalonicenses 1:7) y la gloria de Dios resplandecerá una vez por toda la creación. Los que confiemos en Dios no tendremos temor de verlo volver. Pero todo lo que no está en armonía con Dios será consumido por la gloria de su presencia (ver 2 Pedro 3:7-12).

Y mientras los impíos mueren, Dios no estará airado con sus hijos que se pierden. Y al verlos perecer, escucharemos su lamento: «¡¿Cómo podré abandonarte? ¿Cómo podré entregarte?!»

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