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LA VERDAD ACERCA DE DIOS EN LOS SESENTA Y SEIS LIBROS

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La Biblia es un libro muy antiguo, o más bien, una antigua colección de libros muy antiguos. El más reciente de ellos ¡se escribió hace casi dos mil años!

¿Qué seguridad tenemos de que los libros de la Biblia dicen lo mismo hoy que cuando aparecieron por primera vez? Y siendo que estos libros fueron escritos originalmente en hebreo, arameo y griego, ¿cuán seguros podemos estar de que las decenas de traducciones al español y las miles de traducciones a otros idiomas representan con exactitud el significado de los documentos originales?

Afortunadamente, para contestar estas importantes preguntas existe una extensa cantidad de pruebas fácilmente accesibles. No se conoce, hoy en día, la existencia de ninguna de las copias manuscritas originales de los libros bíblicos. Pero la comparación minuciosa de miles de copias subsiguientes, juntamente con muchas otras fuentes para recobrar el texto original, han conducido al consenso entre muchos eruditos de que, para fines prácticos, tenemos en nuestra posesión los libros de la Biblia tal como fueron escritos en un principio.

F. G. Kenyon, antiguo director del Museo Británico y un hombre calificado para hablar con autoridad sobre la preservación de las Escrituras, por tener toda una vida de experiencia con los manuscritos bíblicos, escribió de su certeza en la página 23 de su ampliamente citado libro, Our Bible and the Ancient Manuscripts (Nuestra Biblia y los manuscritos antiguos):

«No puede uno excederse en aseverar que, en esencia, el texto de la Biblia es verdadero… Esto no se puede decir de ningún otro libro de la antigüedad en todo el mundo… El cristiano puede tomar la Biblia entera en sus manos y decir, sin temor ni duda, que tiene en sus manos la verdadera Palabra de Dios, entregada, sin pérdidas esenciales, de generación a generación a través de los siglos».

A lo largo de las 250 páginas de su libro, Kenyon recorre la historia de la transmisión del texto bíblico, desde los manuscritos más tempranos hasta las más modernas versiones en inglés. Refiriéndose a los descubrimientos más recientes de manuscritos de su tiempo, Kenyon concluye diciendo: «Estos han establecido, con un lujo de pruebas tal que ninguna obra de literatura antigua puede apenas acercarse, la sólida autenticidad e integridad del texto bíblico que ahora tenemos» (página 245).

Han pasado varias décadas desde que este famoso erudito publicara sus convicciones, tan frecuentemente citadas. El descubrimiento posterior de importantes manuscritos solo ha servido para confirmar sus anteriores conclusiones.

En cuanto a la confiabilidad de los centenares de traducciones de la Biblia, es un asunto que puede examinarse fácilmente. Todas las traducciones finalmente parten de una sola fuente común, el hebreo, arameo y griego originales. Por lo tanto, todos se pueden medir esencialmente por el mismo patrón básico.

La historia de la traducción de la Biblia es larga y colorida. Se han escrito libros excelentes sobre el tema, tanto para el lector común, como para el estudiante más sofisticado.

Basta decir que la Biblia nunca ha estado tan asequible y en traducciones tan precisas y fáciles de leer que en nuestros días. Las sociedades bíblicas informan que la Palabra de Dios ha sido traducida a más de mil idiomas, cubriendo casi la totalidad de la población del orbe.

¿De qué otra forma podrían extenderse las Buenas Nuevas a cada nación bajo el cielo, para que todos tuvieran la oportunidad de conocer la verdad?

Es de utilidad, para ganar nuestra confianza en las diversas versiones, el aprender algo acerca de los hombres que prepararon las traducciones y las razones por las que tomaron sobre sí tan larga y ardua tarea.

Tyndale arriesgó y perdió la vida en su urgente deseo de darle la Biblia en su propio idioma al mundo de habla inglesa. Casi quinientos años atrás él «percibió por experiencia propia lo imposible que era asentar a la gente común en la verdad si no se les presentaban las Escrituras claramente ante sus propios ojos, en su lengua materna…la única cosa que me movió a traducir el Nuevo Testamento».

Los traductores de la versión en inglés, King James de 1611, escribieron en el prefacio, mismo que ya no es publicado, que su propósito fue el de hacer aquello que «contribuya a la salvación de las almas. Entonces, ¿qué puede hacerla más disponible que entregarle al pueblo de Dios el libro de Dios en una lengua que puedan entender?»

El comité de eruditos que preparó la versión en inglés Revised Standard (Estándar Revisada) de 1952, que incluía a Goodspeed y Moffat, expresaron este propósito en su prefacio:

 «La Biblia es más que un documento histórico que debe preservarse. Y es más que un clásico de la literatura inglesa para ser valorado y admirado. Es el registro del trato de Dios para con los hombres, la revelación de Dios mismo y de su voluntad. Registra la vida y obra de aquel en quien la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre los hombres. La Biblia le lleva la plenitud de su mensaje, no a los que la tienen sencillamente como un legado del pasado o que celebran su estilo literario, sino a aquellos que la leen para discernir y entender la Palabra de Dios para los hombres. Esa Palabra no debe disfrazarse en frases que ya no son claras, ni esconderse detrás de palabras que han cambiado o perdido su significado. Tiene que presentarse en un idioma que sea directo, sencillo y significativo para el pueblo de hoy. Es nuestra esperanza y nuestra oración más ferviente que esta versión Estándar Revisada de la Biblia pueda ser usada por Dios para hablarles a los hombres en estos trascendentales tiempos y ayudarles a comprender, creer y obedecer Su Palabra».

La New International Version of the New Testament (Nueva Versión Internacional del Nuevo Testamento), publicada en inglés en 1973 por la Sociedad Bíblica Internacional de Nueva York, termina su prefacio con estas palabras: «Ofrecemos esta versión del Nuevo Testamento a aquel en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecha. Es nuestra oración que la misma pueda guiar a muchos a un mejor entendimiento de la Santas Escrituras y a un conocimiento más cabal de Jesucristo, la Palabra Encarnada, de quien las Escrituras testifican tan fielmente».

La Good News Translation (Traducción Buenas Nuevas) publicada en inglés en 1976, concluye su prefacio declarando que «la Biblia no es simplemente gran literatura para ser admirada y reverenciada. Son las Buenas Nuevas para todos los pueblos por doquier -un mensaje tanto para ser entendido como para aplicarse en la vida diaria. Es con la oración de que el Señor de las Escrituras se plazca en utilizar esta traducción, para su propósito soberano, que las Sociedades Bíblicas Unidas publica ahora La Biblia en el inglés de hoy. Y que la gloria sea para Cristo ¡por siempre y para siempre!»

El equipo de cien personas que produjo la English Standard Version (Versión Estándar en Inglés) en el año 2001 añade estas palabras finales a su prefacio: «Sabemos que ninguna traducción de la Biblia es perfecta ni final; pero también sabemos que Dios usa las cosas imperfectas e insuficientes para su honor y su alabanza. Así que a nuestro Dios trino y a su pueblo, les ofrecemos lo que hemos preparado, con nuestra oración de que pueda serles útil, con gratitud por la mucha ayuda recibida y maravillados todavía de que nuestro Dios nos confiara tan trascendental tarea».

Algunas veces uno escucha, que oscuramente se sugiere que la razón de tantas versiones de la Biblia es que eruditos sin principios han deseado torcer las palabras de la Escritura para su propia ventaja teológica. Tales acusaciones han sido comúnmente hechas por aquellos que tienen poca o ninguna experiencia en el difícil y delicado trabajo de la traducción. No hay pruebas que respalden tal acusación.

Para mi propia satisfacción, he examinado las más influyentes de entre todas las versiones de la Biblia en inglés, comparándolas entre sí, versículo con versículo, con el original. He buscado específicamente todo aquello que pudiera parecer como distorsiones intencionales del texto para propósitos doctrinales. Tales casos son tan extremadamente raros que se hacen conspicuos y son fácilmente detectados por el estudiante de la Biblia.

Tengo más de doscientas traducciones diferentes al inglés, de toda o parte de la Biblia, en mi modesta colección. Entre ellas, solamente unas pocas fallan en calificarse como traducciones directas del texto original.

Está, por ejemplo, un Nuevo Testamento traducido «desde una perspectiva metafísica».  Están aquellos que ya mencionamos en un capítulo previo, como el «revisado por los espíritus» o el corregido «por revelación directa». Además cuando una versión parece ser la posesión especial de algunos grupos religiosos, conteniendo traducciones poco frecuentes a las que el grupo da un énfasis especial, debiera ser una advertencia a estar alerta.

¡La verdad no necesita una versión especial del Libro!

Es verdad que las versiones varían según el método de traducción, desde las muy literales hasta las muy libres. Y cuanto más idiomática y sin ambigüedades es la traducción, tanto más esta reflejará la interpretación que del significado hace el traductor.

Si la versión es descrita más bien como una paráfrasis, que una traducción, tal como lo hace la muy popular paráfrasis en inglés The Living Bible (La Biblia Viviente), uno haría bien en prestar atención al consejo que en su prefacio tan cándidamente ofrece el Dr. Taylor: «Hay peligros en las paráfrasis, al igual que méritos. Porque cuando no se traducen las palabras exactas del autor desde el idioma original, la posibilidad existe de que el traductor, aunque honesto, pueda darle al lector de habla inglesa algo que el escritor original no quiso decir».

Pero hasta cierto punto, en cada traducción hay paráfrasis e interpretación, incluso en más literal de las versiones, como la King James en inglés o la Reina Valera en español. No hay manera de evitarlo. Y la seguridad se encuentra en el uso de diversas versiones, para obtener el equilibrio entre la más literal y la más libre, comparándolas entre sí. Y las diferencias pueden ser tan instructivas, que estoy contento de tener cada una de las versiones que poseo.

Cuando cursaba mi primer año en la universidad, decidí que pasaría el resto de mi vida dedicado al estudio y la enseñanza de la Biblia. Ese mismo año empecé a aprender griego, y luego los otros idiomas y las herramientas para el estudio detallado de las Escrituras. Después de salir de la universidad, tuve el privilegio de seguir estudios de postgrado en la escuela de divinidades de la universidad que en aquel entonces me pareció que ofrecía el programa más completo en el campo bíblico.

Ahora, después de sesenta años de enseñar la Biblia, sigue siendo para mí la experiencia más gratificante el reunirme con un grupo para el estudio libro por libro, de todas las Escrituras. En cada uno de los sesenta y seis libros hacemos la misma pregunta fundamental: «¿Qué imagen de Dios ve usted en este libro?»

A nadie se le dice lo que tiene que ver o lo que debe creer. La Biblia es el regalo de Dios para todo el mundo. Nos pertenece a todos por igual. El mismo Espíritu de verdad que inspiró a los escritores de las Escrituras está listo a guiar a cada estudiante a ver el verdadero significado. Y mientras conduce a los miembros de cada grupo a un nuevo discernimiento y una comprensión más clara, es un gran placer el poder ayudarnos mutuamente.

Hasta ahora ha sido mi privilegio hacer más de 140 de tales «recorridos» por toda la Biblia. Cada viaje nos toma cerca de un año; algunos han sido mucho más largos. Los grupos varían en tamaño, desde un íntimo grupo de doce, hasta varios centenares. Durante mis primeros diecinueve años como docente, la mayoría de mis estudiantes se preparaban como ministros del evangelio. Después de eso, la mayoría han sido estudiantes de medicina, odontología y otras profesiones de la salud.

Algunos de los viajes más instructivos a través de los sesenta y seis libros han sido con grupos de colegas de las diferentes facultades en la universidad donde enseño. Otros grupos se han reunido en comunidades cercanas que incluyen personas de todas clases y desde los más jóvenes hasta los más ancianos.

No ha habido dos viajes a través de la Biblia que se hayan parecido. Pero hay dos preguntas básicas que surgen invariablemente. Si el propósito de la Biblia es revelar la verdad acerca de Dios, ¿por qué hay tan pocas declaraciones específicas acerca de él? Y, ¿por qué parece que las Escrituras contienen tanto detalle que pareciera ser de tan poca importancia?

¿Pero y si la Biblia consistiera exclusivamente de las declaraciones de Dios acerca de sí mismo? ¿Que fundamento tendríamos para creerlas?

Cuando Juan el Bautista languidecía en prisión, comenzó a preguntarse si Jesús era realmente el Cristo. Mandó a dos de sus discípulos ante Jesús para preguntarle,  «¿Eres tú el que había de venir o hemos de esperar a otro?»  ¿Contestó acaso Jesús «¡Ciertamente que soy el Cristo! Y espero que Juan lo crea?» Cualquiera podía reclamar tal cosa —hasta el mismo diablo. Una respuesta satisfactoria a la seria pregunta de Juan demandaba el fundamento de las pruebas.

      Así que Jesús le respondió a los discípulos de Juan, «-Regresen y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo. Los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben las buenas noticias. Afortunado el que no dude de mí» (Mateo 11:3-6 PDT).

La Biblia es el registro de las cosas que Dios ha dicho y hecho. Pero la Biblia está mayormente hecha de detalles históricos que describen las situaciones en las que Dios actuó y habló. Sin estos detalles no podríamos estar en la posición de entender el por qué Dios escogió hablar y actuar de tan variadas maneras. Los detalles que de otra manera podrían parecer de poca importancia cobran valor al ayudarnos a reconstruir el contexto histórico dentro del cual Dios buscaba revelarse a su pueblo.

En cada viaje por los sesenta y seis libros, prestamente se hace evidente el hecho de que el mismo principio de interpretación aplicado a cualquier documento antiguo debe aplicársele a las Sagradas Escrituras. En la medida en que podamos recobrar el contexto original, podremos entonces recobrar el sentido original.

Al leer la Biblia por primera vez, encontramos sucesos y enseñanzas que parecen presentar una imagen desfavorable de Dios. Hay luchas y matanzas en el Antiguo Testamento, lo que pareciera ser crueles castigos, representaciones de un Dios enfurecido. Algunas veces hasta parecen apoyar las acusaciones de Satanás de que Dios es arbitrario, no perdonador y severo.

En 1926,  Joseph Lewis, un ateo empedernido que fue descrito como «el Enemigo de Dios» en su biografía autorizada, publicó el libro titulado The Bible Unmasked (La Biblia desenmascarada). En este tomo abiertamente hostil, Lewis coleccionó las más desagradables, sangrientas e inmorales historias que pudo encontrar en el Antiguo y Nuevo Testamentos.

Este incluye la triste historia del levita y su concubina, relatada en Jueces 19, para luego preguntar: «¿Qué beneficio moral pueden extraer nuestros niños de la lectura de este inhumano, brutal y degradante episodio?» «¿Puede algún elemento de esta historia inspirar fortaleza de carácter, enseñarnos algo acerca de nuestro deber al prójimo o algo que pueda elevar la vida moral del hombre?» (Páginas 115, 116).

Hace algunos años mencioné este libro en uno de los grupos con que estudiaba los sesenta y seis libros. Un estudiante de medicina reflexivamente hizo la siguiente observación. Si tomáramos un libro de medicina, diseñado para uso en el hogar y recortáramos todas las descripciones y fotografías de las enfermedades  y las publicáramos por sí solas, el volumen resultante sería inútil, hasta repulsivo para el lector regular. En un libro de medicina estas descripciones son valiosas, ya que se presentan en el contexto de su cura.

Lo mismo se aplica a las Escrituras. La Biblia es muy abierta al representar el pecado. Hasta los pecados de los santos se presentan con honestidad. Semejante candor sirve solo para aumentar la credibilidad del registro bíblico. Pero estos ejemplos de la fealdad del pecado nunca se presentan aisladamente. De presentarse aisladamente, no servirían para nada y sería mejor ni leerlos. Pero en los sesenta y seis libros de las Escrituras el pecado siempre se presenta en el contexto de su cura.

Este es el contexto que nunca debemos pasar por alto. Este contexto involucra no solo el marco histórico inmediato de cada suceso registrado, sino uno mucho más abarcante, el del gran conflicto entre el bien y el mal —las acusaciones de Satanás, las respuestas de Dios y el plan de salvación y sanidad.

Cuidadoso del contexto completo, el estudiante aprende a ver la Biblia como un todo, y a relacionar todas sus partes con su único tema central, la revelación de la verdad acerca de Dios. Según avanza, de libro en libro, delante del estudiante empieza a surgir un patrón uniforme detrás de cada historia. Gradualmente va emergiendo la imagen de un Dios enteramente sabio e infinitamente misericordioso que está dispuesto a hacer hasta lo imposible por mantenerse en contacto con su pueblo, a rebajarse para alcanzarlos donde están, de hablar en un lenguaje que puedan entender.

Ha sido mi experiencia, con cada grupo de estudio de la Biblia, que cuanto más leemos, tanto más nos conmovemos con amor y admiración por Aquel que estuvo dispuesto  a correr un riesgo tal, a pagar semejante precio para mantener abiertas las vías de comunicación entre sí y sus descarriados hijos.

No es de nuestra principal preocupación lo que sucedió con el levita y aquella pobre mujer, o con Sansón y Dalila, David y Betsabé, Gedeón y su vellón. La pregunta más importante es «¿Qué nos dicen esas historias acerca de Dios?»

El gran propósito de la Biblia es el de revelar la verdad acerca de nuestro Padre celestial para que volvamos a él en amor y confianza. Esta verdad, este Evangelio Eterno, se encuentra en cada uno de los sesenta y seis libros.

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