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Cómo ganó Dios su caso

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La percepción de un “miembro del jurado”.

by Graham Maxwell

Dios, ¡que venzas cuando vayas a juicio!”

Esa dramática traducción de Romanos 3:4 es comparable con el uso que Pablo hace de la oración de David en el Salmo 51:6 según La Biblia del Peregrino de Shöckel, que «resultes inocente en el juicio», (Salmo 51:4 en la mayoría de las versiones). El apóstol ha hecho la pregunta: ¿será que la falta de fe de parte del privilegiado pueblo de Dios significa que no se puede confiar en Dios? “En ninguna manera. Antes bien, sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso; como está escrito: «Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando vayas a juicio»”.

Si Dios no hubiese sido acusado, no habría necesidad de que se defendiera a sí mismo. Y como los cargos en su contra fueron presentados ante todo el universo, la respuesta entonces debe ser presentada públicamente. Cuando Daniel describió la reunión del tribunal celestial, hizo énfasis en la presentación pública de la evidencia. Millares de millares observaban mientras “el tribunal dio principio a la sesión, y los libros fueron abiertos”. (Daniel 7:10, DHH).

Como pecadores necesitados de salvación tenemos, naturalmente, la tendencia a preocuparnos en lo que Dios ha hecho por salvarnos, para así ser considerados justos cuando nuestros casos sean llevados a juicio. Pero la Biblia habla de una inquietud previa, de mucha mayor importancia, la confirmación de la veracidad y confiabilidad del mismo Dios.

A algunos les parece difícil creer que el Dios infinito pueda tolerar, no digamos animar, el que se cuestione sus inescrutables caminos. Pero el libro de Apocalipsis y muchas otras partes de las Escrituras describen un antiguo conflicto acerca de su divino carácter y su gobierno. Un conflicto que involucró a todo el universo, al punto de que hubo guerra en el cielo (ver Apocalipsis 12:7-17).

A menos de que Dios gane esta guerra y restablezca la paz en su familia, la salvación no tendría significado alguno. ¿Quién desearía vivir por la eternidad en un universo en guerra? Más que eso, el conflicto es respecto a la confiabilidad misma de Dios y mientras esas graves dudas relacionadas con su carácter no hayan sido convincentemente satisfechas, ¿habrá un fundamento firme para nuestra fe en él?

¿Qué significa para Dios el ganar esta guerra? Sus enemigos son sus propios hijos. Para un Padre amante, destruirlos no sería una victoria, sino una angustiosa pérdida. ¡Piensen en el eterno vacío que Lucifer dejará en la infinita memoria de Dios!

Si este conflicto fuera solamente acerca de poder, cuán fácilmente podría demostrar Dios su superioridad. Porque aún hasta los demonios reconocen eso ya, y desconfiando de tan poderoso Dios “tiemblan de espanto” (Santiago 2:19, LBN).

Este conflicto es acerca de un asunto más sutil: ¿Quién dice la verdad?, ¿Dios o el brillante líder de sus ángeles?

El antiguo portador de luz, ahora llamado Satanás o Diablo, nombre que significa «acusador» o «adversario», fue inicialmente exitoso al persuadir a un vasto número de sus compañeros ángeles de que Dios no era digno de confianza (ver Apocalipsis 12:4, 9). Entonces, cuando el conflicto se extendió al recientemente creado planeta, este acusó a Dios de haberle mentido a nuestros primeros padres e insinuó que había sido arbitrario, vengativo y severo al restringirles duramente su libertad.

Si las acusaciones de Satanás tienen fundamento, sería una necedad de nuestra parte depositar nuestra confianza en una deidad tal. ¿Ha respondido Dios a esas acusaciones? ¿Son sus respuestas fundamento suficiente para nuestra fe?

La Biblia, toda ella, es un registro de cuán lejos ha estado Dios dispuesto a llegar para convencernos de su confiabilidad. Durante los últimos cuarenta años, he disfrutado el privilegio de dirigir grupos a través de los sesenta y seis libros de la Biblia más de ciento treinta veces. Después de leerla sucesivamente cada vez, se hace más convincentemente aparente que Dios no es el tipo de persona que sus enemigos le han hecho parecer. Al contrario, no hay nada que él valora más alto que nuestra libertad y el otorgamiento liberal de nuestro amor y confianza, hacia él y entre nosotros. Y tales cualidades no se pueden demandar o producir a la fuerza. Dios tampoco nos pide que confiemos en él como su fuera un extraño. Por el contrario, lo primero que hace es revelarse a sí mismo para que podamos conocerle y así decidir, por nosotros mismos, si nos parece digno de confianza.

Este es el por qué, en vez de destruir a sus enemigos, él llevó su caso ante el tribunal. El supremo Creador del universo, humildemente sometió su carácter y gobierno al escrutinio e investigación de sus criaturas.

¿Y cómo se propuso Dios ganar su caso? ¿Recurrió al soborno o a la intimidación? Satanás acusó a Dios de comprar lealtades, como en el caso de Job. ¿Esperaba él que el tribunal aceptara sus reclamos de ser digno de confianza, solamente por ser quien es, el poderoso Creador del universo? ¿Impresionó al tribunal con milagros? ¿Amenazó con destruir a cualquiera que no votara en su favor? ¿Le habría eso ayudado a ganar su caso? ¿Qué tipo de victoria desea obtener él en el tribunal?

Sobre todo, y puesto que este es un problema de confianza, ¿manipuló Dios al jurado implantando milagrosamente fe en sus corazones para que votaran a su favor? ¿Confiaría usted en un Dios que controlara de tal manera las mentes de sus hijos, o estaría satisfecho él con una fe así, artificial?

No hay atajos para llegar a la confianza. El reclamar que se es digno de confianza, no prueba nada. El diablo mismo puede reclamar eso. Hitler declaraba que se podía confiar en él, y la historia demostró la locura de creer en simples promesas y en aseveraciones sin pruebas que las ratifiquen. Cuando Satanás puso en duda la autenticidad de la fe de Job, Dios no resolvió el asunto mediante un pronunciamiento divino. En vez de eso, el permitió la dolorosa demostración de los hechos en el caso. Esta es la forma en que Dios establece la confianza.

Aunque Dios ha sido acusado falsamente, solamente existe una manera de enfrentar los cargos. Solamente mediante la demostración de que se es digno de confianza, en un largo período de tiempo y bajo una gran variedad de circunstancias, especialmente las difíciles, puede restablecerse y confirmarse la confianza.

Es por esto que Dios, “muchas veces y de muchas maneras” demostró la verdad acerca de sí mismo, “a los padres” a través de los largos siglos de la historia del Antiguo Testamento (ver Hebreos 1:1, RVA 1989). Hasta que finalmente, envió a su Hijo a vivir entre nosotros. Y de la manera en que Jesús vivió, en que trató a la gente, las cosas que enseñó acerca de su Padre, y la singular y horrenda forma en que murió fueron la más clara revelación de la verdad que el universo verá o necesitará algún día acerca de la confiabilidad de Dios .

¡Vaya precio el que Dios ha estado dispuesto a pagar con el fin de restaurar y confirmar la confianza en su familia! Y tan costosa demostración no fue de beneficio para nosotros, mortales pecadores, solamente. El universo entero ha estado involucrado. Cristo no murió únicamente por esta raza pecadora. ¡El también vertió su sangre por los santos ángeles! Porque ellos también necesitaban el confirmador mensaje de fe de la cruz.

Pablo les explicaba esto a los creyentes de Colosas. “A través del Hijo, Dios abrió el camino por el que todas las cosas, ya estén en los cielos o en la tierra, pueden allegarse a El. La sangre de Cristo derramada en la cruz puso la paz de Dios al alcance de todos.” (Colosenses 1:19, 20, NT BAD). Es por medio del significado de la cruz que la guerra que empezó allá en el cielo finalmente concluyó y aseguró la paz eterna.

Dos veces, escribió Pablo en su carta a los Efesios, acerca del propósito de Dios de poner en armonía y unidad, una vez más a toda su familia (ver Efesios 1:10; 3:10). Tal como Jesús lo dijo antes de su crucifixión: “Pero cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, DHH).

Hay versiones que ponen en labios de Jesús las palabras “atraeré a mí a todos los hombres”, pero la mayoría de las versiones indican “a todos” únicamente. Cuando las palabras: “los hombres” aparecen en el texto, eso es añadido. La amplia comprensión que el apóstol Pablo tenía de que el significado de la cruz abarca incluso al universo que observa, apoya la idea de “todo lo atraeré a mí”, según lo presenta la versión de Torres Amat.

Ellen White enfáticamente declara “Pero el plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra sólo por este motivo… sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo”. Para luego citar Juan 12:32, dejando fuera, atrevida y acertadamente, las limitantes palabras “los hombres” (PP 55).

En el mismo capítulo de Romanos en el que Pablo anuncia la victoria de Dios ante el tribunal, él cita la suprema evidencia sobre la que Dios basa su defensa y gana su caso. Dios se sacrifica a sí mismo, en su Hijo, para demostrar convincentemente la verdad. Así como Pablo lo explica, “Dios se presentó muriendo públicamente, como medio de reconciliación que se aprovecha por fe. Esto fue para demostrar su propia rectitud, porque en su paciencia Dios había, aparentemente, pasado por alto los pecados pasados de los hombres. Esto fue para demostrar su rectitud, en este tiempo, para demostrar que él mismo es recto y que puede hacer rectos a quienes confíen en Jesús”, (Romanos 3:25, mi propia traducción).

Dios dijo la verdad en el Edén. Él no mintió, según Satanás lo acusó. El pecado causa la muerte. Pero no, no es tortura o ejecución en las manos de un Dios vengativo. Dios no puso ni siquiera un dedo sobre su hijo, ni en el Getsemaní, ni en el Calvario. Dios “lo abandonó” de la misma manera en que “abandonará” a los pecadores al final. Y estos morirán. Y Dios se lamentará, llorará, así como se lamentó por el rebelde Israel: “¿cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Cómo podré entregarte, oh Israel?” (ver Oseas 11:8; cf. Romanos 1:24, 26, 28; 4:25)

¿Valía la pena pagar un precio tal con tal de aclarar cualquier malentendido acerca del pecado y de sus consecuencias, y de cómo es que Dios participa en la muerte eterna de sus insalvables hijos? ¿Por qué era tan importante para Dios que sus hijos le sirvieran pero no por miedo a ser torturados y ejecutados?
Algunos miembros del mismísimo pueblo de Dios demostraron la terrible respuesta. El universo horrorizado observó de qué manera los escrupulosamente devotos observadores del Sábado torturaron a Jesús hasta la muerte, en el nombre de Dios, y luego se apresuraron a llegar a casa para guardar otro séptimo día más. Para demostrar que eran en verdad el obediente y fiel pueblo de Dios.

¿Cómo podían ser tan religiosos y tan crueles a la vez? ¿Sería porque adoraban a un dios que haría exactamente lo mismo? Saulo, el cruel perseguidor servía a un dios tal, hasta el día en que se encontró con Jesús camino a Damasco. ¿Habrá alguna advertencia aquí para aquellos cristianos que adoran a un dios dispuesto a mantener vivos de manera milagrosa a los pecadores, en las llamas del fin hasta que hayan sido suficientemente torturados para su ejecución?

Tres discípulos altamente privilegiados fueron invitados a observar la asombrosa experiencia del Getsemaní, pero estaban demasiado adormitados como para prestar atención. Solamente uno de ellos fue al Calvario para ver y escuchar por sí mismo las costosas respuestas a las preguntas presentadas en este gran conflicto.

Pero el resto del universo no desperdició la evidencia. Desde que Cristo clamó “consumado es” allá en el Calvario, los ángeles leales no se han cansado de afirmarle a Dios que ha ganado su amor y su confianza por la eternidad (ver Apocalipsis 4:8; 5:11-14). Basado en las pruebas que se proveyeron, Dios ganó abrumadoramente su caso. ¡Y ganó con pruebas capaces de soportar una investigación por la eternidad! Es solamente aquí, en este planeta, en donde persisten dudas sobre la veracidad y confiabilidad de Dios.

La manera tan abierta en la que Dios procuró ganar su caso, es en sí misma, la prueba más persuasiva de que Él es digno de confianza. Advirtiéndonos aún de que no aceptemos pruebas dudosas como sustituto de la verdad (ver Deuteronomio 13:1-3). Esta advertencia claro, fue una invitación a todos los pueblos a prestar atención, con mucho cuidado, de los mismos milagros que Dios mismo realizó.

Dios también nos advirtió del peligro de aceptar, demasiado pronto, las aseveraciones de líderes religiosos que dicen que sus mensajes vienen directamente de Dios; porque pueden estar mintiendo (ver 1 Reyes 13). Por el contrario, esta es una invitación de Dios a que seamos cuidadosos al aceptar afirmaciones y promesas que parecen haber sido hechas por Dios mismo.

En el camino a Emaús, Dios manifestó claramente que las decisiones importantes deben tomarse de acuerdo al peso de la evidencia, más que basados en las meras aseveraciones de alguien con autoridad, no importa quién este sea. Mientras Jesús hablaba a los dos discípulos, no permitió que lo reconocieran sino hasta haberles interpretado las Escrituras llevándolos a una fe inteligente en su vida, su carácter, su misión en la tierra y su muerte y su resurrección. Es claro que él deseaba que la verdad se estableciera en sus mentes, no porque él la apoyaba con su testimonio personal, sino porque las enseñanzas y predicciones del Antiguo Testamento, en común acuerdo con cada uno de los aspectos de su vida y su muerte, se presentaban como pruebas irrefutables de la verdad (ver Lucas 24:13-35).

El hecho de que el Soberano del universo, quien tiene el poder de dirigir su creación de la manera en que le plazca, deba escoger humildemente ganar nuestro apoyo basado en pruebas innegables ¡es increíble, pero cierto! Dios claramente ha demostrado que prefiere ese método, y la historia nos demuestra el por qué.

Dios incluso no prefiere que nos consideremos como sus siervos, sino como sus amigos. Así como Jesús lo explicara en Juan 15:15, y la razón de tan increíble oferta es que un siervo solamente hace lo que se le dice. Sin importar las razones y sin explicaciones. Solamente sumisión y obediencia incuestionables. Es un honor ser un fiel siervo de Dios, pero él prefiere la cooperación inteligente de amigos que han entendido.

Dios era honrado con la confianza que Abraham y Moisés le mostraban, cuando, con toda reverencia, se aventuraban a cuestionar sus planes y propósitos. Tal como se esperaría de los buenos amigos, a ellos les preocupaba la reputación de Dios. Y Dios estaba orgulloso de presentarlos en la Biblia como sus amigos de confianza.

¿Cómo podría fracasar un Dios así en ganar su caso? ¡Al menos con usted y conmigo!

©1987 Graham Maxwell.


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