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SIERVOS O AMIGOS: Capitulo 7

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AMISTAD Y COMO DIOS USA LA LEY

Si pudieras hacerle una sola pregunta a Dios, ¿cuál sería?

“Le pediría que me hiciera rica”, dijo entre risas una adolescente que se hallaba con unas amiguitas en Inglaterra, frente a la carnicería de Barry. “Cómo encontrar la cura para el cáncer”, dijo otra; y otro, “cómo sanar a todos”.

“¿Qué pregunta quisieras hacerle a Dios?”, le pregunté al carnicero mismo.

“Me gustaría preguntarle a Dios por qué, ya que es tan poderoso, no alimenta a los hambrientos de Etiopía”. Pero Barry ya me había hablado de su desilusión con un dios que nunca parecía ayudar en nada. “Así que no creo más en él”.

En una aldea cercana hablé con uno que todavía era un firme creyente. “¿Qué pregunta quisieras hacerle tú a Dios, en especial si te permitiera una sola?”

“Le pediría que me definiera mejor lo que él quiere que yo haga y cómo quiere que lo haga.”

Mientras compartía un banco en la Universidad de Cambridge, conversé con un erudito que no esconde su gran admiración por Dios. “¿Cuál sería su pregunta a Dios, si le permitieran una sola?”

“Sé que ya ha contestado ésta —comenzó diciendo—, pero me gustaría escuchar de él una explicación más clara de por qué ha escogido hacer las cosas en la forma que las ha hecho. ¿No había otra manera de hacerlas? Y si así fuera, ¿por qué?”

En los últimos años se han hecho muchas encuestas públicas que han incluido la pregunta más importante que la gente quisiera dirigirle a Dios. Las respuestas han abarcado todo, desde pedidos por cosas materiales —salud instantánea y riquezas instantáneas—hasta preguntas profundas sobre la naturaleza de Dios mismo.

Las preguntas que hacían los discípulos a menudo reflejaban su egoísmo, como ser, cuál de ellos sería el mayor en el reino de Cristo.11 Todavía seguían discutiendo esto en la última cena antes de la crucifixión.2

En una ocasión anterior, dos de ellos, hermanos, tuvieron la presunción de preguntarle al Hijo de Dios si en su reino podrían sentarse a su lado en los lugares más honrados. Hasta trajeron consigo a su madre para que intercediera, a fin de que les ayudara a persuadir al Señor a darles la respuesta que ellos buscaban.3 El pedido no fue concedido, pero los otros discípulos quedaron enfadados con los dos hermanos. ¡Aunque ellos mismos deseaban hacer el mismo pedido!

 

¿Qué habrías preguntado tú?

Si tú hubieras estado con Jesús esa última noche, con la oportunidad de hacerle una sola pregunta, ¿cuál habría sido?

Si Pablo hubiera estado allí, me pregunto cuál habría sido su pregunta. Unos pocos años más tarde, en su epístola a los creyentes en Galacia, dirigió una pregunta que hubiera sido muy apropiada para que uno de los discípulos la hubiera formulado la última noche en el aposento alto. La pregunta de Pablo fue: “¿Para qué sirve la Ley?”4

Muchos de nosotros nos hemos unido a Pablo para hacer la misma pregunta. Amamos lo que Jesús dijo acerca de la libertad, la amistad, el amor y la confianza. También sabemos por experiencia que ninguna de estas cosas puede obtenerse por la fuerza. ¿Por qué, entonces, usó Dios tanto la ley? ¿Por qué mandó a sus hijos a que lo amaran y que se amaran unos a otros, bajo la amenaza de serias consecuencias si no obedecían? ¿No hay el peligro de que esto produzca siervos temblorosos, hoscos o aun rebeldes, más bien que amigos leales y comprensivos? ¿Por qué escogió Dios correr ese riesgo?

Algunos de nosotros también apreciamos lo que Jesús dijo acerca de hablar abierta y claramente. Hay mucha falta de claridad cuando se habla de Dios y la salvación. Pero si Dios prefiere llaneza y comprensión, ¿por qué mandó a Moisés a establecer un sistema complicado de ceremonias y sacrificios, con todos los extraños símbolos y figuras de lenguaje? ¿No será que todo este misterio y pompa más bien incrementaría la distancia entre el Padre y sus hijos, y haría más difícil que ellos pensasen y hablasen acerca de él con claridad? ¿Por qué escogió correr ese riesgo?

En su carta a los gálatas, Pablo ofrece una respuesta a su propia pregunta. “¿Para qué sirve la Ley? Fue dada por causa de las transgresiones . . .”5 Esta es la traducción de la Nueva Reina-Valera 1990. Pero también la palabra griega traducida “para” podría traducirse “el objeto de”. Así la versión Dios Habla Hoy, lo rinde, “Fue dada después, para poner de manifiesto la desobediencia . . .” Y en la Revised English Bible (BIBLIA INGLESA REVISADA) dice: “Fue agregada para hacer la maldad una ofensa legal”.

Una cosa parece clara. Si el pueblo de Dios no fuera desobediente, no habría sido necesaria la ley adicional. Así como le fue explicado al joven pastor Timoteo, “La ley no es puesta para castigar al justo, sino a los injustos y desobedientes, a los impíos y pecadores, a los irreverentes y profanos, a los parricidas, matricidas y homicidas, a los fornicarios, a los sodomitas, a los traficantes de hombres, a los mentirosos y perjuros, y a todo el que se opone a la sana doctrina”.6 Hay una versión (PHILLIPS) que dice: “La ley realmente no es dada para el bueno, sino para el que no tiene ni principios ni sabe controlarse”.

Dios agregó la ley porque sabía que la necesitábamos.

 

Cómo hallar su significado debido

Aun después que Pablo llegó a ser amigo de Dios, continuó usando “palabras oscuras” en sus explicaciones teológicas, aunque, en mi opinión, no tan oscuras como las que aparecen en algunas traducciones.

Después de su despliegue asombroso de elocuencia y erudición en la cercana ciudad de Atenas,7 Pablo les informó a los creyentes en Corinto que de allí en adelante hablaría con claridad y sencillez cuando hablara de Dios.8 Con todo, el apóstol Pedro observó, muy respetuosamente, que las cartas de Pablo contenían “algunos puntos difíciles de entender, que los indoctos e inconstantes tuercen”.9

Por esta razón, cuando se leen los escritos de Pablo, creo que es muy importante leer todo el contexto a la vez, y a veces toda la carta o “libro”, para darle a Pablo la oportunidad de hacer claro su pensamiento.

El énfasis consistente de Pablo es sobre la verdad acerca de Dios, que es la base para la paz, la libertad, el amor y la confianza, una confianza como la del amigo de Dios, Abrahán. Pablo ahora es bien consciente que estos preciosos elementos no se producen por fuerza ni con poder, como Dios le dijo al profeta Zacarías. Ni pueden obligarse por la ley. Pueden llegar solamente como respuesta libre a la persuasión suave pero persistente de la verdad. En esta misma carta a los gálatas, Pablo explica que cosas tales como “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio” son todas “frutos del Espíritu”.10

Mientras el Espíritu de Verdad ha continuado pacientemente su obra de esclarecimiento y convicción, Dios ha usado muchas y variadas maneras de controlar y proteger a sus hijos a medida que les da la oportunidad de aprender la verdad. En manera especial ha hecho uso de la ley.

 

Nuestro tutor nos lleva a Cristo

La Ley, dice Pablo en Gálatas 3, ha servido como “ayo” (VERSION MODERNA), “un pedagogo” (BIBLIA DE JERUSALEN), “el esclavo” (DIOS HABLA HOY), un “tutor” (NUEVA REINA–VALERA 1990). Estaba a cargo de nosotros “hasta [llevarnos hasta] Cristo” (V.M.), o “para llevarnos a Cristo” (N.RV.).

En la versión Dios Habla Hoy se hace muy sencillo lo que se desea expresar en el original en griego: “La ley, como el esclavo que conduce . . . nos condujo a Cristo . . . Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos a cargo de ese esclavo”.11

El griego dice simplemente, “la ley fue hasta Cristo”. El sentido de la expresión “hasta Cristo” tiene que ser comprendido leyendo la explicación de Pablo en los versículos del contexto y a la luz del resto de las Sagradas Escrituras.

“Ayo o pedagogo” pueden ser términos no muy claros a menos que conozcamos cuáles eran sus tareas en el tiempo de Pablo. Como muchacho asistí a una escuela con un nombre en latín, Schola Grammatica Watfordensis, y nuestros maestros no sólo nos enseñaban, sino que también ejercían una disciplina muy firme. Su función primordial, sin embargo, era enseñar.

Si Pablo hubiese querido que entendiéramos que la ley fue agregada para servirnos principalmente para enseñarnos como un maestro, habría usado otra palabra, como ser didaskalos, de donde deriva la palabra “didáctica”. El término que Pablo escogió fue paidagogos, que es el origen de la palabra “pedagogo”. Esto fue lo que motivó que varias antiguas versiones usaran la palabra “maestro” o “maestro de escuela”. La Biblia de Jerusalén ha mantenido la misma palabra “pedagogo”.

La palabra griega paidagogos, literalmente significa “guía de niño”, y se refiere a un asistente, generalmente un esclavo, que estaba a cargo de niños. Uno de sus deberes era acompañar a los muchachos a la escuela, protegerlos y guardarlos de líos. No era el maestro de escuela. Cuando los niños llegaban a una edad en que podían actuar en forma responsable y cuidarse a sí mismos, ya no estaban bajo esa supervisión, se suponía que ya no era necesaria.

Pablo está explicando que Dios agregó la ley para que realizara un servicio similar al “guía del niño”. ¿Pero a cuál ley se refería Pablo? Dios ha dado varias leyes. ¿Cuál era la ley que debía ser nuestro asistente para llevarnos hacia Cristo? ¿La moral? ¿La ceremonial? ¿Alguna otra? Pablo no lo dice.

Pero de una cosa podemos estar seguros. El Dios que dio todas las leyes es el mismo que nos ofreció su amistad en Juan 15:15.

Algunos nos dicen que no nos compite preocuparnos de saber por qué Dios usó tanto la ley. Los siervos tienden a hablar así. Pero el Soberano mismo nos ha invitado a entender, algo que los amigos desean hacer.

La falta de comprensión de la ley de Dios puede conducir a una obediencia automática y mecánica, cosa que Dios deploró en el libro de Isaías. La Versión Moderna dice:

 

. . . Por cuanto este pueblo se me acerca

con su boca, y con sus labios me honran,

pero alejan de mí su corazón,

y su temor de mí es sólo

un mandamiento de hombres,

cosa que se les ha enseñado.12

 

Compara con la traducción de Dios Habla Hoy: “Este pueblo me sirve de palabra y me honra con su boca, pero su corazón está lejos de mí, y el culto que me rinde son cosas inventadas por los hombres, y aprendidas de memoria”.

Muchas veces en la Biblia se refiere al corazón como la representación del hombre interior, el lugar donde se realizan los pensamientos, como también el asiento de las emociones y las actitudes. Por ejemplo, Marcos menciona que algunos escribas “pensaban en su corazón”.13

El profeta Jeremías dirigió su vista hacia el futuro cuando Dios cumpliría su promesa: “Pondré mi ley en sus mentes, y la escribiré en sus corazones”.14 Cuando se le dio a Moisés la Ley de los Diez Mandamientos para que fuera pasada al pueblo, Dios escribió los diez preceptos en tablas de piedra. Si a Dios le hubiera interesado únicamente una obediencia ciega y mecánica, difícilmente habría prometido escribir su ley en los corazones, el centro de su raciocinio e inteligencia. Habría, más bien, dejado la ley en las tablas de piedra, para que de la piedra siguiera trasmitiendo sus requerimientos.

El apóstol Pablo era un hombre de considerable inteligencia. Estaba ansioso de entender y explicar el significado y propósito de todas las leyes de Dios. Como amigo de un Dios amigable, sabía que tenía la libertad de hacer la pregunta, “¿Por qué entonces la ley?”

Cuanto más estudió Pablo los Diez Mandamientos, tanto más llegó a admirarlos y concordar en que eran bien razonables. Les dijo a los creyentes en Roma: “Porque en mi interior me deleito en la Ley de Dios”.15 La ley grabada en la piedra se estaba escribiendo en su corazón.

 

El propósito máximo de la ley ceremonial

¿Qué decimos acerca de la ley de las ofrendas y sacrificios, o sea, “las palabras oscuras” de rituales y ceremonias? ¿Se la debe incluir en la explicación de Pablo de que la ley se agregó para que fuera “nuestro ayo para llevarnos a Cristo” y su representación más clara de la verdad acerca de Dios?

Frecuentemente los profetas del Antiguo Testamento indicaban que si la realización de servicios religiosos prescritos no resultaba en llevar al pueblo a conocer mejor a Dios y hacerlos más bondadosos con sus prójimos, todos los sacrificios y las ceremonias no habían cumplido su verdadero propósito. No estaban diciendo que estas ceremonias deberían cesar. Dios las había instituido. Simplemente estaban insistiendo en que no había nada más importante que el conocimiento de Dios.

Hablando en nombre de Dios, Oseas le dio este mensaje al pueblo:

“Porque misericordia quiero y no sacrificio,

Conocimiento de Dios más que holocaustos”.16

 

Dios Habla Hoy lo interpreta así, “Lo que quiero de ustedes es que me amen, y no que me hagan sacrificios; que me reconozcan como Dios . . .”

Jeremías predijo que cuando la ley de Dios ha sido escrita en los corazones de su pueblo, “ninguna enseñará más a su prójimo, ni a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’. Porque todos me conocerán . . .” 17

Las palabras hebreas y griegas que en la Biblia han sido traducidas “conocer” pueden tener un sentido más profundo que simplemente relacionarse con una persona o estar informado sobre ella. Dependiendo del contexto, “conocer” a alguien puede indicar una apreciación y aprobación de ella, una relación con alguien especialmente estimada. Pablo les dijo a los corintios que, “el que ama a Dios, es conocido por Dios”.18

Dios conocía a Abrahán, y Abrahán conocía a Dios. Esta es la razón por la que podían ser tan buenos amigos. Cuando Dios dice que quiere ser conocido por nosotros, nos está invitando a ser sus amigos.

Las leyes de Dios no son una amenaza para la amistad

¿Te sería posible tener amistad con un dios que impusiera leyes arbitrarias, sólo para mostrar su autoridad y probar nuestra disposición a obedecer? ¿Desearías realmente conocerlo? ¿Quisieras vivir con un dios tal por la eternidad?

Reconozco que algunas personas devotas creen que es importante que Dios imponga por lo menos algunas reglas arbitrarias. “De otra manera cómo sabría él —dicen— si lo estamos obedeciendo o no. A lo mejor estamos haciendo solamente lo que nos parece juicioso y correcto”.

Si es verdad que algunas leyes realmente no tienen sentido, entonces no hay razón para procurar entender su significado. Simplemente tendríamos que inclinar nuestras cabezas, y como siervos que no piensan, limitarnos a hacer lo que se nos manda.

Pues yo estoy dispuesto a inclinar mi cabeza; pero la inclino con reverencia ante nuestro infinito Creador, que aun cuando tiene perfecto derecho de ser arbitrario, ha escogido ser justamente lo contrario.

Cuando un paracaidista salta de su avión a 1.700 m de altura, no está obligado a accionar su paracaídas. No hay nadie que lo está obligando. El podría decir, “Estoy harto de que me digan lo que debo hacer”. Aquí tiene su oportunidad de mostrar su independencia de las reglas. ¡Pero si quiere vivir para volar de nuevo, será muy prudente que accione su paracaídas!

Consideremos la ley del Decálogo. Algunos hablan de esas reglas como si fueran una restricción de nuestra libertad. Pero si verdaderamente guardáramos esos mandamientos en la forma que Jesús demostró, ¿en qué aspecto tendríamos menos libertad? Santiago llama a esas reglas la real “Ley de la libertad”.19

Jesús y Pablo están de acuerdo con Moisés en que el guardar los Diez Mandamientos significa amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Pablo lo resume así: “Porque el que ama al prójimo, cumple la Ley. Porque, ‘no cometerás adulterio, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás’, y todo otro mandamiento, en esta sentencia se resumen: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. El amor no hace mal al prójimo, así el amor es el cumplimiento de la Ley”.20

Para asegurarse de que sabemos lo que significa amar, Pablo explica su significado en la carta a la iglesia de Corinto. “El amor es sufrido, es benigno. El amor no siente envidia. El amor no es jactancioso, no se engríe, no es rudo, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se alegra de la injusticia, sino que se alegra de la verdad”.21

Imagínate viviendo en una comunidad donde todos se comportan así. Se puede confiar en todos, nadie se aprovecha de los demás, las mujeres y los niños pueden andar por las calles a cualquier hora.

Pero consideremos más cabalmente el décimo de los Diez Mandamientos. Las palabras “No codiciarás” realmente prohiben cualquiera clase de deseo malvado. Ahora imaginémonos viviendo en una comunidad donde no sólo no hacen mal; ¡tampoco desean hacer mal! Nadie tiene que prohibirles mentir, ni robar, ni matar, ni ser impacientes o hacer su voluntad egoístamente. El Decálogo no está expuesto en ninguna pared. Todos están ya convencidos que es razonable seguir el sistema de vida prescrito en esa reglas milenarias.

 

¿Siervos obedientes o amigos obedientes?

Si eres un creyente y estás deseoso de cumplir la voluntad de Dios, ¿qué es lo que te hace estar dispuesto a obedecer? ¿Acaso dirías, “Hago lo que hago porque Dios me ha mandado que lo haga, y él tiene poder para recompensar y destruir”? ¿Es esta la razón por la que no matas ni cometes adulterio; porque Dios ha dicho que no debes hacerlo? ¿Estás diciendo que si fuera de otra manera lo harías, pero no puedes correr el riesgo de enfadar a Dios?

Esta sería la manera de hablar de un siervo temeroso. Podría ser aceptable en un novicio o un niño. Pero implica que las leyes de Dios son arbitrarias y no son muy razonables. Este tipo de obediencia no deja muy bien parado a Dios mismo.

A lo mejor preferirías decir, “Hago lo que hago como creyente porque Dios me lo ha dicho, lo amo y quiero agradarle.” ¿Es ésta tu razón para no robar o mentir? No ves nada malo ni dañino en hacerlo. Es que la única razón porque no lo haces es porque quieres complacer a Dios. Por alguna razón a él no le agrada ver robar y mentir, y ya que él ha sido tan generoso, te ves en obligación de complacerlo. El motivo entonces sería solamente la gratitud y la justicia.

Nuevamente ésta es la manera de hablar de un siervo. También esto podría considerarse para un novato o un niño. Puede ser incluso un paso más adelante que la obediencia por miedo o por deseo de recompensa. Pero continúa implicando cierta arbitrariedad en los mandamientos de Dios, y no ensalza su carácter ni su gobierno.

Hay otro enfoque que podemos tomar respecto a la obediencia. ¿Podrías decir esto? “Hago lo que hago porque lo encuentro correcto y razonable, y tengo una admiración creciente y reverencia hacia Aquél que me aconsejó y me indicó lo que debía hacer en el tiempo de mi ignorancia y falta de madurez. Y siendo que aún soy en parte ignorante e inmaduro, estoy dispuesto a confiar en él y obedecer al que siempre ha probado ser tan razonable, aun cuando me pida hacer algo más allá de mi comprensión presente”.

Esto se parece más a lo que diría un amigo comprensivo. Y habla bien de Dios como un amigo admirable y confiable.

Cuando Dios le pidió a su amigo Abrahán que sacrificara a su hijo, Abrahán conocía a Dios bastante bien, primero para reconocer su voz, luego para obedecer enseguida su increíble mandato. Pero en el largo camino hacia el lugar del sacrificio, Abrahán respetuosamente preguntaba, “¿Por qué?” Mientras cavilaba en cuanto a la orden y lo que él sabía de Dios, llegó a la conclusión de que Dios hallaría un sustituto, o resucitaría a su hijo. ¡El viejo amigo de Dios tenía razón!22

El día triste en que nuestro perro gran danés murió, nos consolamos trayendo a casa a una cachorra de mastín inglés. Aunque ahora pesa unos setenta kilos, sigue siendo cachorra en muchos sentidos, pues su comportamiento en la casa necesita mucho refinamiento. Esto es muy cierto en lo que se refiere al jardín. Molly, como la llamamos, desarrolló un gusto muy especial por las grandes flores rojas del hibisco.

Molly pronto se dio cuenta que no nos agradaba verla corriendo por el fondo junto a la piscina, con varias flores grandes colgando de su hocico. Eventualmente pudimos hacerle entender que no debía ni aun tocar esas flores tentadoras.

Molly es muy querendona y desea siempre agradarnos.

Aparece muy deprimida cuando se da cuenta que nos ha dado un disgusto. Aparentemente esto era suficiente para que no quebrantara el reglamento. Es decir, era suficiente mientras creía que nosotros estábamos mirando. Pero cuando nos veía entrar en la casa, de nuevo se sentía libre para atacar las hermosas flores.

Cuando por la ventana la veíamos reincidir, salíamos a reafirmar nuestra prohibición. No tuvimos que repetir muchas veces esta escena antes que Molly se diera cuenta que, aun cuando ella no nos veía, si desobedecía nosotros repentinamente aparecíamos. ¿Será que nos veía espiando por la ventana?

Ahora sólo ocasionalmente la vemos frente a la mata de hibisco, sentada sobre sus patas traseras, mirando de reojo a las ricas flores. Gira su cabeza sobre los hombros, escudriña detenidamente cada ventana, quizás preguntando si estamos atisbando a escondidas.

No esperamos que Molly realice todo un proceso de razonamiento para decidir por sí misma que no es razonable destruir esas flores. Basta que nos obedezca porque nos

ama y quiere agradarnos.

Pero indudablemente sería muy desalentador para Dios, si sus hijos inteligentes le dieran solamente la obediencia de un perro amoroso y bien entrenado.

 

¿Por qué te cepillas los dientes?

Cuando era muchacho compartía un dormitorio grande con otros dos hermanos. Cada noche mi madre venía para acomodar las frazadas a fin de mantenernos abrigados. Estando al lado de la cama solía preguntarme, “¿Ya hiciste tu oración? ¿Has leído tu Biblia esta noche? ¿Te lavaste el cuello? ¿Te cepillaste los dientes?” Si mi respuesta era un No, mi madre insistía en ver que todo se cumpliera antes de dormir.

En ese tiempo, la razón primordial para lavarme los dientes era porque mamá me lo decía. Yo la amaba y quería su aprobación. Además, si yo hubiera mostrado una actitud rebelde, quizás significaría otra sesión al pie de la escalera.

Ahora, habiendo crecido algo, nadie me tiene que mandar a cepillarme los dientes. Mi buen sentido me dice que lo debo hacer, pues sé lo que pasa si no lo hago.

Cuando visito el consultorio de mi amigable dentista, vuelvo a leer el mensaje que cuelga de la pared: “Solamente necesitas cepillar los dientes que deseas conservar”.

Si mi madre pudiera aparecer de nuevo al lado de mi cama esta noche a hacerme las mismas preguntas, ¿piensas que me pondría a rezongar diciendo, “aquí estamos de nuevo sometidos a esa ley”? No. Cuánto me gustaría escuchar otra vez su voz, “¿Graham, te has cepillado los dientes?” Me gustaría agradecerle por los años en que me obligó a cepillarme los dientes. Por eso tengo todavía algunos dientes para cepillar.

Y también quisiera agradecerle por ayudarme a entender por qué, en nuestra ignorancia y falta de madurez, Dios tuvo que hacer tanto uso de la ley.

 

 

1. Ver Mateo 18:1; Marcos 9:34; Lucas 9:46–48.

2. Ver Lucas 22:24.

3. Ver Marcos 10:35–45; Mateo 20:20–28.

4. Gálatas 3:19.

5. Gálatas 3:19.

6. 1 Timoteo 1:9,10.

7. Ver Hechos 17:22–31.

8. Ver 1 Corintios 2:1–5.

9. 2 Pedro 3:16.

10. Gálatas 5:22.

11. Gálatas 3:24,25.

12. Isaías 29:13.

13. Marcos 2:6.

14. Jeremías 31:33.

15. Romanos 7:22.

16. Oseas 6:6.

17. Jeremías 31:34.

18. 1 Corintios 8:3.

19. Ver Santiago 2:8–12.

20. Romanos 13:8–10; Mateo 22:36–40; Deuteronomio 6:5; Levítico 19:18.

21. 1 Corintios 13:4–6.

22. Ver Génesis 22:8; Hebreos 11:19.

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