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SIERVOS O AMIGOS: Capitulo 10

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LAS LIBERTADES DE LA AMISTAD

Hay muchas libertades que vienen con el tipo de amistad que Jesús describió en Juan 15:15.

Está la libertad contra la tiranía del ejercicio arbitrario de la autoridad. Podemos hacer preguntas. Dios quiere que entendamos. Está la libertad de hablar clara y francamente, como lo hicieron Job y David. Cuando el Salmista hablaba con Dios, era muy sincero y espontáneo acerca de lo que se trataba. Si él odiaba a alguien, no lo procuraba esconder con palabras oscuras. Si quería venganza sobre sus enemigos, pedía abiertamente su destrucción.

En el Salmo 139 oró, “Oh, si quitaras la vida al impío”. Luego agregó:

Examíname, oh Dios,

y conoce mi corazón;

pruébame, y reconoce

mis pensamientos.

Mira si voy en mal camino,

y guíame por el camino eterno.

 

David sabía que Dios quería que fueran especialmente honestos en sus relaciones entre ellos. David no siempre había tenido esa actitud, así que en el Salmo 51 oró:

 

Pero tú amas la verdad en lo íntimo

y en lo secreto me ayudas

a reconocer la sabiduría . . .

Oh Dios,

crea en mi un corazón limpio,

y renueva un espíritu recto

dentro de mí.

 

Libres del temor

Ser uno de los amigos comprensivos de Dios significa estar libre de tenerle miedo a Dios mismo. Obviamente no hay necesidad de tenerle miedo a Dios, ya que él desea que seamos sus amigos. Y él nunca nos ha amenazado con, “Sé mi amigo, o te voy a destruir”.

Aun cuando enfrentemos el juicio, no hay motivo de temer. Esto no se debe al hecho de tener un amigo intermediario entre nosotros y el santo Dios. Dios mismo es nuestro amigo.

Esta libertad del temor podrá ser puesta a prueba por un breve momento cuando nos veamos cara a cara con Dios en el más allá. ¿Cómo piensas que te vas a sentir cuando llegues a estar tan cerca de Dios? Moisés estuvo tan vencido de pavor cuando Dios bajó sobre el Monte Sinaí que dijo, “Estoy espantado y temblando”.1 Pero muy pronto él pudo asegurarle al pueblo que no había ninguna necesidad de estar espantado.

¿Estaremos libres del temor por toda la eternidad? ¿Cómo será vivir en la presencia de Dios, quien sabe todo de nosotros, absolutamente todo? ¿Nos perseguirá con el recuerdo de nuestro pasado pecaminoso?

 

Cómo trató Jesús a la mujer adúltera y a sus acusadores

Para una respuesta a la pregunta anterior, solamente necesitamos observar cómo Jesús trató a diferentes clases de pecadores. Uno de los ejemplos más dramáticos puede encontrarse en la historia de la mujer sorprendida en adulterio. En la versión Dios Habla Hoy, el incidente se relata así:

. . . al día siguiente al amanecer, volvió al templo. La gente se le acercó, y él se sentó y comenzó a enseñarles.

Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer que habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes, y dijeron a Jesús:—Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio. En nuestra ley, Moisés ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?

Ellos preguntaron esto para ponerlo a prueba, y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y les dijo.

—Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra. Y volvió a inclinarse y siguió escribiendo en la tierra. Al oír esto, uno tras otro comenzaron a irse, y los primeros en hacerlo fueron los más viejos. Cuando Jesús se encontró solo con la mujer, que se había quedado allí, se enderezó y le preguntó:—Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Ella le contestó:—Ninguno, Señor.

Jesús le dijo:—Tampoco yo te condeno; ahora vete, y no vuelvas a pecar.2

Evidentemente los primeros cristianos no sabían qué hacer con esta historia, porque aparece en los manuscritos en distintos lugares, y a veces, ni siquiera aparece. Algunas versiones tienen notas explicativas. Pero muchos eruditos opinan que pertenece a la Biblia. No es el tipo de historia que se hubiera inventado en esa época ni creado por un típico copista de manuscritos en un período posterior.

El distinguido erudito de la Universidad de Princeton, Bruce Metzger, en su libro El texto del Nuevo Testamento, concuerda que “la historia . . . tiene todas las características de veracidad histórica; ningún monje ascético habría inventado una narración que concluye con lo que al parecer es solamente una reprensión suave de parte de Jesús”.

Algunos dirigentes religiosos trajeron a esta pobre mujer a Cristo en un nuevo intento de atraparlo y llevarlo a contradecir las enseñanzas del Antiguo Testamento. Jesús afrontó cada celada que le tendían con su habilidad y gracia acostumbradas.

Esta vez, para estar seguros de poder tener a su favor a las multitudes, los enemigos de Cristo se aseguraron de tener toda la evidencia necesaria. A oídos de toda la multitud presente, anunciaron que “esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo”.

Entonces presentaron la pregunta: “Sabes la enseñanza del Antiguo Testamento sobre estos casos. Sabes la regla de lo que se debe hacer con una mujer como ésta. ¿Estás de acuerdo de que se la debe apedrear?” El público miraba atentamente para ver cuál sería la respuesta de Jesús.

No dijo nada. Simplemente se inclinó y comenzó a escribir con su dedo en la tierra. Una ráfaga de viento, unos pocos pasos, y el registro se borraría. Entonces llegaron sus palabras que saetearon las conciencias: “Si hay alguno sin pecado, que le arroje la primera piedra”.

¿Por qué no reunió a la multitud y les dijo, “Voy a deciros algunas cosas acerca de los acusadores de esta pobre mujer”? ¿Acaso no merecían ellos ser expuestos así? ¿Qué nos dice esto acerca de Dios, que su Hijo no humilló públicamente a aquellos hombres tan santurrones?

Esto es lo que Cristo vino a revelar. Dios no halla placer en avergonzarnos, ni en exponer nuestros pecados ante otros.

Cuando todos se habían ido, Jesús se dirigió a la mujer, y dijo suavemente, “Tampoco yo te condeno; ahora vete, y no vuelvas a pecar”. Con bondad buscó restaurar el respeto propio de esta mujer deshonrada.

 

Cómo trató Jesús a Simón

Simón, un hombre rico a quien Jesús sanó de la lepra, invitó a Jesús con otros amigos a comer con él en su casa. Tres de los amigos más cercanos de Jesús también estaban presentes: Lázaro y sus hermanas, Marta y María. Lucas describe a María como “una mujer de mala vida que vivía en el mismo pueblo”.3

Mientras se reclinaban a la mesa, María trajo un frasco de alabastro lleno de perfume y ungió los pies de Jesús y los secó con su cabello. Simón observó con desaprobación, y pensó para sí, “Si éste fuera profeta, conocería qué clase de mujer lo toca, que es pecadora”.

“Jesús le dijo: ‘Simón, tengo algo que decirte’. Y él dijo: ‘Di, Maestro’ ”.4

Jesús entonces contó la historia de dos deudores que habían  sido perdonados. Al relatar esto Jesús, Simón se dio cuenta que el Maestro le había leído los pensamientos. Comenzó a verse a sí mismo como un pecador peor que la mujer a quien él había despreciado, y temió que Jesús lo expusiera ante los convidados.

Nada es más ofensivo al Señor que una acusación basada en la justicia propia. Pero, ¿expuso las fallas de Simón? ¿Les dijo a los comensales, “Déjenme contarles acerca de nuestro anfitrión”?

En lugar de eso, el Señor, como siempre, hizo lo más bondadoso. Cortésmente aceptó el acto impulsivo de María; y con bondad similar corrigió a Simón sin humillarlo ante sus amigos. ¡Simón tiene que haberse sentido muy emocionado!

 

El paralítico en el estanque de Betesda

Cuando Jesús se encontró con el paralítico en el estanque de Betesda, no lo humilló ni lo condenó por haber malgastado su salud en indulgencias juveniles. Sencillamente le preguntó con bondad, “¿Quieres ser sano?” Entonces “levántate, toma tu camilla, y anda”. Más tarde Jesús se encontró con él y le dijo, “No peques más, para que no te venga algo peor”.5

 

Los discípulos que se portaron mal

Piensa en Jesús en el apostento alto la noche antes de ser crucificado. Los doce discípulos estaban altercando como niños acerca de “quién de ellos sería el mayor”.6

¿Acaso Jesús los regañó por sus insensateces o los reprendió por su falta de voluntad para lavar los pies de sus compañeros? En lugar de eso, tranquilamente se levantó, tomó la toalla y el lebrillo de agua, y el universo observó mientras el Creador se arrodilló y lavó doce pares de pies sucios. Hasta lavó los pies de su traidor, Judas.

¡Qué oportunidad perdieron los discípulos de lavar los pies del Hijo de Dios la noche antes de su muerte! Si tan sólo uno se hubiera ofrecido diciendo, “Te ruego, Señor, que me dejes lavarte los pies”. ¡Qué recuerdo tan hermoso habría atesorado por el resto de la eternidad!

En lugar de eso, Jesús fue el único esa noche que tuvo que cenar con los pies sucios. ¿Cómo se habrán sentido los ángeles que observaban?

Imaginemos el efecto en los discípulos al mirar la cabeza de Jesús inclinada sobre el lebrillo frente a ellos y sentir esas manos fuertes de carpintero lavando sus pies.

Jesús podría haber levantado la vista para decirles, “No creéis que mi Padre estaría dispuesto a hacer esto, ¿no es cierto? Pero si me habéis visto a mí, habéis visto a mi Padre. El Padre os ama tanto como yo. Si os sentís cómodos conmigo, os sentiréis cómodos con él”.

 

Judas

Más tarde Jesús dijo que uno de ellos lo traicionaría. Pero no lo delató frente a todo el grupo. Cuando le dijo a Judas que fuera y cometiera el acto terrible que iba a hacer, los otros discípulos creyeron que lo enviaba en busca de provisiones o para hacer algún acto noble como dar limosna a los pobres.

¿Por qué no desenmascaró Jesús a su traidor delante de los demás? Seguramente que merecía ser expuesto. ¡Piensa lo que esto dice respecto a Dios, el hecho de que Jesús no humilló ante los demás ni siquiera a un traidor tal!

 

Pedro, Santiago y Juan

Más tarde esa misma noche, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó más adentro en el jardín y allí comenzó la aterradora experiencia de la separación de su Padre. Tres veces se acercó adonde sus discípulos estaban dormitando, esperando encontrar compañía y consuelo en su agonía.

¡Qué oportunidad perdieron los discípulos de alentar al Hijo de Dios! ¡Cuán diferente hubiera sido si los tres se hubieran levantado y acompañado a Jesús, y de rodillas lo hubieran rodeado mientras oraba! ¡Qué recuerdos habrían tenido los tres! Pero en lugar de eso, ¡durmieron durante toda la lucha! Y Jesús no los reprochó. Simpatizó con ellos por estar demasiado cansados para ayudarle.

 

Pedro

pocas horas después Pedro estaba maldiciendo en el patio del juicio para probar que no era uno de los discípulos de Cristo. ¡Ni siquiera lo conocía!

Entonces cantó el gallo, exactamente como Jesús había predicho la noche anterior, justo después del valiente discurso de Pedro que aseguraba que aunque todos los demás se avergonzaran de su Maestro, él daría su vida por el Señor.

Cuando Pedro escuchó ese canto, miró hacia Jesús para ver si había notado el hecho. Aunque estaba en el juicio en que su vida se hallaba en juego y había sufrido tanto hasta entonces, Jesús se sentía más preocupado por su errante discípulo allá afuera en el patio. Se dio vuelta y miró directamente a Pedro.

Según el conocimiento que hasta entonces tenía Pedro de Dios, bien podría haber esperado ver ira e indignación en el rostro de Cristo. ¡Pedro bien lo merecía! Pero en lugar de eso vio tristeza, desilusión y lástima en el rostro de Aquel que la noche anterior le había lavado los pies sucios.

Pedro salió y lloró amargamente.7

Poco tiempo después Judas entró a la corte, arrojó las treinta piezas de plata, y confesó que había traicionado sangre inocente. Entonces él también miró a Jesús. Vio la misma tristeza y lástima reflejadas en el rostro que había conmovido el corazón de Pedro. El rostro del mismo que la noche anterior se había arrodillado y lavado sus pies sucios. Derrotado, Judas salió y se ahorcó.8

¡Si tan sólo Judas hubiera respondido, como respondió Pedro, a esa mirada en el rostro de Jesús! Si Judas hubiera ido hasta donde Pedro estaba llorando amargamente, y los dos se hubieran arrodillado juntos y se hubieran transformado en nuevos hombres, ¡qué escena habría sido para que la viera todo el cielo!

¿Cómo se habrá sentido Pedro todo ese sábado? ¡Cuán insensato se había mostrado durante las últimas veinticuatro horas! Dos veces había hablado impetuosamente en el aposento alto. Dos veces obró despreciablemente en el Jardín de Getsemaní. ¡Y qué cobardía y deslealtad mientras estaban enjuiciando a su Señor! Ahora Jesús estaba muerto y no había más oportunidad de arreglar los males cometidos.

¡No es de extrañar que corrió a toda prisa al sepulcro en la mañana del domingo cuando oyó que la tumba estaba vacía!

 

María

Pero fue María la primera que tuvo el privilegio de ver a Jesús resucitado y de llevar las buenas nuevas a los otros discípulos. De entre todos, ¡María!, la mujer que había tenido tantas debilidades y tantos problemas.9 Sin embargo, fue María la elegida para el alto privilegio. Piensa lo que esto dice de Dios, que haya sido María la que recibió tan alto honor.

Cuando María reconoció a Jesús de pie frente a la tumba, cayó a sus pies para adorarle. Y Jesús le dijo con gentileza, “No me detengas, porque aún no he subido a mi Padre. Pero vé a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”.10

Nota cómo llama Jesús a sus discípulos sus hermanos, ¡los hombres que le habían fallado cuando más los necesitaba!

Cuando los ángeles confirmaron el mandato de Jesús a María de llevarles la noticia a los discípulos, ellos dijeron: “Id, y decid a sus discípulos y especialmente a Pedro, que Jesús ha resucitado y los verá en Galilea”.11

Cuán divino el hablar de los ángeles al agregar, “¡y especialmente a Pedro!” Los ángeles admiran y adoran a Dios por la manera cómo él trata a los pecadores. Cómo se habrán gozado de poder agregar “¡Y especialmente a Pedro!”

El Dios con el cual podemos pasar la eternidad es un Dios así. Por eso, aun cuando hayamos sido pecadores, estaremos cómodos en la presencia de uno que nos conoce en cada detalle.

No tenemos nada que temer de la memoria infinita de Dios. No hay límite en su voluntad de perdonar. Ha prometido no solamente perdonarnos, sino tratarnos como si jamás hubiéramos pecado. Echará nuestros pecados detrás de sus espaldas.12 “Echará nuestros pecados en la profundidad del mar”.13

No hay pretensión ni olvido en esto. Dios sabe cómo hemos vivido. Nosotros sabemos cuán pecadores hemos sido. Los ángeles han tomado nota de cada hecho. Pero, a pesar de todo esto, nuestro Padre celestial nos tratará con dignidad y respeto como si siempre hubiéramos sido sus leales hijos.

¿Es esta una simple promesa, o ha demostrado Dios su voluntad de tratar así a los que han sido pecadores? Después que David murió, Dios le habló a su hijo Salomón acerca de su famoso padre.

Y Dios le dijo: “Y si andas en mis caminos, y guardas mis normas y mis Mandamientos, como anduvo David tu padre, prolongaré tu vida”.14 Pero David había cometido algunos pecados notorios. ¿Cómo podía Dios hablar de él como de uno que guardó los mandamientos?

Algo había pasado con David después de esas transgresiones. Había llegado a comprender que Dios necesitaba verdad en el hombre interior. Así que le pidió a Dios que escudriñara su corazón y purificara el asiento de los pensamientos. En respuesta a esta oración, Dios le había concedido un corazón nuevo y un espíritu recto. Ahora Dios podía de nuevo hablar de David como “hombre según mi corazón”.15

Evidentemente cuando Dios dice que pondrá nuestros pecados detrás de sus espaldas, está hablando en serio. En el más allá, si somos admitidos a su reino, Dios les hablará a otros de nosotros como si siempre hubiéramos sido sus amigos leales. Y para asegurarse de que estemos cómodos, ¡Dios no admitirá ni un chismoso allí!16

 

¿Estaríamos más cómodos con el Hijo?

¿Con quién preferirías encontrarte primero en el cielo, con el Padre o con el Hijo? He dirigido esta pregunta a centenares de personas. La mayoría ha respondido que probablemente sería con el Hijo.

¿Qué sucederá si primero te encuentras con Jesús, y un poco más tarde, te pregunta si estás listo para ir a ver al Padre?

¿Qué dirías, “Sí, si vas conmigo”?

Ahora estás con Jesús en la presencia estremecedora del Padre. Tienes la cabeza gacha y estás mirando al suelo.

Escuchas una voz cálida que te está diciendo, “Puedes mirarme, si quieres”.

Levantas la vista y miras un rostro tan bondadoso como el del Hijo. Comienzas a disculparte, “Oh, lo siento, Dios, estaba atemorizado. Jesús nos dijo que si lo hemos visto a él, te hemos visto a ti. El nos aseguró que tú nos amas tanto como nos ama él, y que quieres que seamos tus amigos”.

“Eso es muy cierto,” dice la misma voz resonante y cálida. “Ahora sabes la verdad. ¿Ahora podemos ser amigos?”

 

No temo morir

Hace varios años tuve que ver enterrar a un viejo amigo y ex alumno. Había sido un oficial en la Fuerza Aérea, y había dirigido más de 50 ataques aéreos sobre Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando la guerra terminó, apareció en una de mis clases de griego del Nuevo Testamento. Estaba preparándose para ser un pastor. Fue un estudiante sobresaliente. A menudo conversábamos juntos acerca de cómo era Dios.

Durante los siguientes 35 años, trabajó como pastor y fue muy querido. Ahora moría de cancer. Mientras estaba al lado de su cama en el hospital, me extendió la mano y me dijo muy quedamente:

“Sabes, Graham, no temo la muerte. ¿Sabes por qué? Porque compartimos el mismo concepto de Dios, el mismo retrato”.

 

 

1. Ver Hebreos 12:21.

2. Juan 8:2–11.

3. Lucas 7:37.

4. Lucas 7:39,40.

5. Ver Juan 5:1–15.

6. Lucas 22:24.

7. Ver Lucas 22:54–62.

8. Ver Mateo 27:3–5.

9. Ver Lucas 8:2.

10. Ver Juan 20:17.

11. Ver Marcos 16:7; Juan 20:19.

12. Isaías 38:17.

13. Miqueas 7:19.

14. 1 Reyes 3:14.

15. Hechos 13:22. Compare con 1 Samuel 13:14.

16. Ver Romanos 1:29.

 

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