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DIOS ESTÁ ESPERANDO A QUE CONFIEMOS EN ÉL

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Han pasado alrededor de dos mil años desde que Dios ganó su caso en el Calvario.  Hace mucho tiempo que Dios respondió a satisfacción las acusaciones y mentiras de Satanás. La libertad del universo ha sido eternamente asegurada. ¿Entonces por qué continúa Dios tolerando a este único punto de rebeldía en todo su universo leal? Dios anhela recrear nuestro mundo y entregarlo una vez más a sus santos. ¿Por qué sigue esperando?

Antes de que Jesús dejara esta tierra para volver con su Padre celestial, les dijo a sus discípulos que regresaría pronto.  «¿Cuán pronto?» le preguntaron ellos. «Dinos ¿cuándo sucederá eso? ¿Y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?» (Mateo 24:3 Torres Amat).

«Nadie lo sabe, ni aun los ángeles del cielo», les contestó Jesús (ver Mateo 24:36). Pero «No dejen que el corazón se les llene de angustia; confíen en Dios y confíen también en mí… volveré para llevarlos, para que siempre estén conmigo donde yo estoy» (Juan 14:1 NTV).

Un día, sentados en el Monte de los Olivos, Jesús les dijo a sus discípulos las muchas señales por las que podrían saber que el tiempo estaba cerca. Les habló de alarmantes disturbios en la tierra y en el cielo, de la creciente falta de confianza entre las naciones, del levantamiento de líderes religiosos falsos. De manera especial les advirtió de aquellos que enseñarían que su segunda venida sería en secreto. «No les crean», les dijo Jesús: «Porque mi venida será tan visible como un relámpago que cruza el cielo de este a oeste» (Mateo 24: 26, 27 NT BAD 1979).

Difícilmente es esta la descripción de algún evento invisible. Al contrario,  como lo predijera Juan, cuando vuelva Jesús, «todo ojo le verá» (Apocalipsis 1:7).

Aquellos que han aprendido a confiar en Dios se alegrarán de verle venir. Tal como escribiera Isaías, hace tantos años, «Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación» (Isaías 26: 9).

Pero, según Apocalipsis 13, la mayor parte del mundo se tornará contra Dios. Y cuando los pecadores perdidos miren el rostro del Redentor que menospreciaron —y aunque viene en forma humana (ver Apocalipsis 14:14) —huirán de él, aterrorizados, «Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero» (Apocalipsis 6:16).

Pedro y Judas contemplaron el mismo rostro, tierno pero majestuoso. Uno de ellos fue movido a arrepentimiento y el otro se quitó la vida. Nuestro Señor no es un dos caras. La diferencia radica en nosotros. Los que han recibido con agrado las Buenas Nuevas estarán listos para verlo —incluso en toda su gloria— y sin sentir temor. Pero los que hayan despreciado la verdad mirarán a Aquel que murió por ellos y, como Judas, serán movidos al suicidio.

De todos los eventos que tienen que suceder antes de la venida de Jesús, él enfatizó uno en especial.  «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). Usted puede confiar en Dios de que él esperará hasta que todos hayan tenido la oportunidad de tomar una decisión bien informada. Usted puede confiar en Dios de que él no le va a pedir a nadie que pase por el tiempo de angustia final sin que haya tenido la oportunidad de prepararse.

Dios siempre ha esperado, pacientemente,  para que sus hijos se decidan. Esperó por siglos para que el pueblo de Israel respondiera a las invitaciones y advertencias de sus mensajeros los profetas. Fue hasta que ellos resistieron por tanto tiempo, que estaban más allá aún del poder del Creador para restaurarlos que Dios renuentemente los abandonó.

Después que los israelitas fueron llevados al cautiverio babilónico, el escritor de 2 Crónicas explicó por qué Dios ya no podía protegerlos: «Yahveh, el Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo… Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira de Yahveh contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio» (36:15, 16 BJ 1976).

A veces se malinterpreta la paciencia de Dios haciéndola parecer como que uno puede continuar pecando con impunidad, porque Dios es tan paciente y amable como para disciplinar o como para dejar que el pecador sufra las destructivas consecuencias del pecado. Pablo nos advierte del error de tal suposición: «Tienes que entender que Dios ha sido muy paciente y bondadoso contigo, esperando que cambies. Pero tú piensas que su paciencia nunca termina y no te das cuenta de que él es bueno contigo para que cambies tu vida» (Romanos 2:4, PDT).

En los días del profeta Habacuc, el pueblo clamaba desesperado porque Dios no intervenía en su favor. El profeta fue enviado para exhortarlos a no abandonar su fe en Dios, sino a que confiaran en él lo suficiente como para permitirle escoger el mejor momento para llevar a cabo sus planes. «Aunque parezca que se demora en llegar, espera con paciencia, porque sin lugar a dudas sucederá» (Habacuc 2:3, NTV).

Pedro advierte que «en los últimos días vendrá gente burlona que, siguiendo sus malos deseos, se mofará: ‘¿Qué hubo de esa promesa de su venida? Nuestros padres murieron, y nada ha cambiado desde el principio de la creación’».

El apóstol continúa explicando, «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón».

Entonces Pedro hace referencia al consejo de Pablo en Romanos 2:4: «Tened presente que la paciencia de nuestro Señor significa salvación, tal como os escribió también nuestro querido hermano Pablo, con la sabiduría que Dios le dio» (2 Pedro 3:3, 4, 9,10, 15 BAD).

Algunas veces la misericordia de Dios ha resultado incluso ¡en vergüenza para algunos de sus hijos! Cuando se le pidió al profeta Jonás que amonestara a los habitantes de Nínive, lo primero que hizo fue huir. Y luego llevó con renuencia el mensaje: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Entonces se sentó para observar la destrucción de la ciudad desde una colina cercana.

Pero los habitantes de Nínive se arrepintieron y la ciudad no fue destruida. Por lo que muy enojado se quejó con Dios: «Por eso es que huí. Yo sabía que eras demasiado bueno como para hacerlo. Me hiciste quedar como un profeta falso, estoy tan humillado que preferiría morir» (ver Jonás 3:4; 4:1-11).

Dios trató de razonar con el frustrado Jonás: «¿No sientes compasión por esa gente? ¿No te alegras de que hayan escogido arrepentirse?» Pero Jonás estaba más preocupado de su reputación como profeta.

Pablo se sentía orgulloso de las Buenas Nuevas acerca de nuestro misericordioso y perdonador Dios. ¡Pero a Jonás le avergonzaba!

Cuando Jesús vuelva, volverá ante una generación de creyentes que ha experimentado el último y supremo intento de Satanás de engañar y destruir al pueblo de Dios. Estos habrán alcanzado lo que un tercio de los ángeles falló en alcanzar. Rechazarán las mentiras de Satanás que intentaban alejarlos de Dios. Habrán sido capaces de decir, juntamente con Pablo: «Si alguno, aún si un ángel del cielo, trajera una versión diferente de las Buenas Nuevas eternas, está equivocado, ¡y no le creeremos!» (Ver Gálatas 1:8,9).

Estos no son bebés en la verdad. Son creyentes maduros. Estos dan la altura de la descripción bíblica de madurez cristiana: tienen «sus facultades entrenadas por medio de la práctica para distinguir el bien del mal» (ver Hebreos 5:11 y 6:3).  Ellos no solamente tienen la dócil fe de un niño, que aún necesita mucha protección, sino que como Job pueden mantenerse en pie por sí solos. Aunque su fe es probada con severidad nunca van a abandonar a Dios.

Han recibido con gozo al Espíritu Santo, el Maestro del amor y la verdad. Él los ha sellado y establecido tan firmemente en la verdad que no pueden ser desviados (ver Juan 14:16, 17, 26; Efesios 4:30). Ser lleno del Espíritu de amor significa estar lleno del Espíritu de verdad. El cristiano amante no es débil; es una persona de convicción firme y que habla con la autoridad de la verdad.

Dios está a la espera de este tipo de creyentes firmes. En Apocalipsis 7:1-3 sus ángeles son representados reteniendo misericordiosamente los vientos de conflicto hasta que las mentes de los hijos de Dios son inconmoviblemente afirmadas en la verdad.

El último libro de la Biblia habla frecuentemente de las marcas del verdadero pueblo de Dios, el que resiste el tiempo de angustia y que recibe con gozo a Jesús cuando regrese. Por sobre todo, confían en Dios y son leales a su Hijo. Han aceptado el testimonio que Jesús profesó acerca de su Padre. Creen que Dios es tan misericordioso como su Hijo. Este evangelio eterno los ha ganado una vez más a la fe.

Debido a su confianza en Dios, gustosamente guardan sus mandamientos. Es decir, se aman uno a otro y a su Padre celestial. Movidos por el mismo Espíritu que inspiró a los profetas, es su mayor delicia el unirse a cada amigo de Dios para testificar de Jesús (ver Apocalipsis 14:12; 12:17; 19:10; Juan 5:39).

La misión de la iglesia cristiana es la de ayudar a producir este tipo de personas. En su carta a los creyentes de Éfeso, Pablo explica el propósito de Cristo en fundar su iglesia:

«Cristo mismo le dio dones a la gente: a unos, el don de ser apóstoles; a otros el de ser profetas; a otros el de anunciar las buenas noticias; y a otros el de ser pastores y maestros. Él dio esos dones para preparar a su pueblo santo para el trabajo de servir y fortalecer al cuerpo de Cristo (un símbolo de la iglesia de Cristo). Este trabajo debe continuar hasta que estemos todos unidos en la misma fe y en el mismo conocimiento del Hijo de Dios. Debemos seguir creciendo hasta que seamos maduros como Cristo y compartamos su perfección. Así no nos portaremos como niños, ni seremos como un barco a la deriva arrastrados por cualquier corriente nueva de quienes buscan engañarnos con sus trampas. Por el contrario, maduraremos y seremos como Cristo en todo sentido, enseñando la verdad con amor. Cristo es la cabeza y el cuerpo entero depende de él» (Efesios 4:11-15 PDT).

No hay unidad más estrecha que esta que es inherente en nuestra fe. Al crecer juntos en amor y en admiración por el mismo Cristo y el mismo Dios, somos unidos ¡por la misma verdad que nos hace libres! La verdadera iglesia de Dios está hecha por personas que, en el mayor sentido de libertad han escogido atarse en unidad para animarse mutuamente y para esparcir el evangelio más eficientemente en todo el mundo.

Dios sigue esperando que sus hijos maduren de esta forma. Él necesita mejores portavoces de lo que fue Jonás. Los renuentes maestros de la verdad, que actúan motivados solo por el temor o por la obligación, son en sí mismos una triste negación del contenido de las Buenas Nuevas. Dios espera por un pueblo leal, un pueblo orgulloso de las Buenas Nuevas, que «¡espera con ansias el día de Dios y apresura que éste llegue!» (Ver 2 Pedro 3:12 NTV).

¿Cuánto más cree usted que Dios tendrá que esperar? Él va a esperar mientras haya esperanza para alguien más, podemos confiar en él. Pero tampoco va a esperar por siempre, también podemos confiar en él acerca de eso. El que puede leer cada pensamiento sabrá cuándo el evangelio ha llegado a todo el mundo y que toda decisión final ha sido hecha. «Por eso», le advirtió Jesús a sus discípulos, «ustedes también estén preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen» (Mateo 24:44 DHH 1996).

Cada año que pasa agrega más pruebas de que Dios no es el tipo de persona que Satanás le ha hecho parecer. Nuestro Padre celestial es infinitamente poderoso e igualmente misericordioso y no hay nada que valore más que la libertad, la dignidad y la individualidad de sus inteligentes criaturas. Para que nuestro amor, nuestra fe y nuestra disposición a escuchar y a obedecer se le den en completa libertad. Es obvio que lo que Dios más desea no se puede obtener a la fuerza. Por eso es que él espera.

Si como Pablo, estamos orgullosos de las Buenas Nuevas y adoramos a Dios por sus sabias y misericordiosas decisiones, eso afectará en gran medida nuestra manera de vivir, la forma en la que nos tratamos mutuamente y la manera en la que le representamos. Nuestra admiración por Dios se notará en todo lo que decimos y hacemos. Así como Abraham y Moisés, que fueron llamados amigos de Dios, debemos ser celosos de la reputación de Dios. Querremos que el mundo lo vea tal como él es en realidad. Y ambicionaremos el mayor de todos los cumplidos, las palabras que Dios dijo de Job: «Él habló lo que es correcto acerca de mí» (ver Job 42:7 PDT).

El evangelio no termina con la venida de Jesús, porque es la verdad eterna. Permanecerá como la base de nuestra fe por toda la eternidad. Desde un mundo hacia otro, a través de todo el vasto universo, nunca cesará el eco de las eternas Buenas Nuevas: Sí, usted puede confiar en Dios.

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