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EL RESPETO DE DIOS POR NOSOTROS LOS PECADORES

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 ¿Cómo será estar de pie, algún día, ante la presencia del Infinito sabiendo que él sabe todo acerca de nosotros? ¡Todo! ¿Nos sentiremos cómodos, pasando toda la eternidad con Alguien que nos conoce tan bien? ¿Nos sentiremos perseguidos por los recuerdos que Dios tiene de nuestro pecaminoso pasado?

Para conocer la respuesta, solo hay que ver cómo trató Jesús  a los pecadores:

  «Muy temprano al siguiente día, él volvió al Templo y toda la multitud se le acercó.  Así que se sentó y empezó a enseñarles. Pero los escribas y fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio. La hicieron pararse en frente de todos, diciéndole a él: ‘Ahora bien, Maestro, esta mujer fue sorprendida en el acto mismo de adulterio. Según la Ley, Moisés nos mandó a que apedreáramos a muerte a tales mujeres. Bien, ¿qué dices tú acerca de ella?’»

«Le dijeron esto para probarlo, para poder tener un buen pretexto con qué acusarlo. Pero Jesús inclinándose empezó a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo: ‘Dejen al que de ustedes que nunca haya pecado, que tire la primera piedra’. Entonces volvió a inclinarse y siguió escribiendo en el suelo con el dedo. Y cuando oyeron lo que dijo, culpados por sus conciencias, saliendo uno por uno se fueron todos, empezando desde el mayor».

«Jesús se quedó solo, con la mujer todavía en pie donde la habían puesto. Así que se puso de pie y le dijo: ‘¿En dónde están todos —nadie te condenó?’»

            «Y ella le dijo: ‘Nadie, Señor’»

«’Tampoco yo te condeno’, le dijo Jesús. ‘Vete a tu casa y no peques más’».

            De esta manera aparece la historia  en la traducción al inglés del Nuevo Testamento de 1958 por J. B. Phillips. En esta edición el señor Phillips imprime la historia sin comentario alguno, en su lugar acostumbrado desde Juan 7:53 hasta el 8:11. Pero en su edición revisada de 1972 añade una nota, al final del Nuevo Testamento, explicando que «este pasaje no aparece en los manuscritos más antiguos del libro de Juan, y se considera por la mayoría de eruditos como una añadidura de alguna otra fuente. Casi todos los eruditos concuerdan en que, aunque este relato se encuentra fuera de lugar aquí, es parte de una tradición apostólica genuina».

Si usted emplea la versión en inglés Revised Standard (Estándar Revisada) de 1952,  tendrá que ir a las notas de pie de página y leer la historia escrita en letras muy pequeñas. La revisión de 1989 pone la historia de vuelta en Juan 7:53 al 8:11, pero entre corchetes. En la versión de 1995 de la Biblia Latinoamericana, una nota de pie de página ofrece la siguiente explicación: «El trozo 8:1-11 falta en los manuscritos más antiguos del evangelio de Juan, y por eso muchas personas piensan que es de otra procedencia. Pero también puede ser que haya pertenecido al evangelio redactado por Juan y que después fuera suprimido en muchos lugares porque la indulgencia de Jesús con la mujer adúltera podía ser mal interpretada». La nota en la versión Reina Valera revisión de 1995 dice: «Este texto no aparece en la mayoría de los manuscritos; otros lo incorporan en lugar diferente. El relato parece haber sido una historia conservada primero en forma independiente y luego incluida aquí. La narración interrumpida en 7.52 continúa en 8.12». En el Nuevo Testamento de Besson la sección del 8:2 al 8:11 aparece entre corchetes. En un antiguo ejemplar de 1862 de la Santa Biblia, Antigua Versión de Cipriano de Valera, a un lado del texto se registra en la ortografía de esa época la siguiente nota: «Este verso y también los del capitulo iii. 1-11, no se hallan en varios ejemplares antiguos».  De manera muy interesante en la versión La Biblia Textual, el capítulo 7 termina en el verso 52 con una referencia a las Notas en Pasajes Especiales ubicadas al final del libro y empieza el capítulo 8 con el verso 12. La nota en referencia es bastante detallada y empieza con la siguiente declaración: «El TR (Textus Receptus) añade hasta 8.11 una tradición oral sobre el adulterio» y más adelante expresa: «El argumento contra la autoría de Juan es conclusivo. Al mismo tiempo, la narrativa contiene evidencias de veracidad histórica, la cual, la convierte en una pieza de tradición oral que circuló en ciertas partes de la iglesia occidental y fue subsecuentemente incorporada en varios manuscritos en diversos sitios». Existen otras explicaciones similares en muchas otras versiones.

Evidentemente los cristianos primitivos no sabían qué hacer con esta extraordinaria historia. Quizás estaban más confundidos con el hecho de que Jesús pareciera tan dispuesto a perdonar a esta mujer por tan seria ofensa. Sin embargo, como ya se mencionó, muchos eruditos están de acuerdo en que la historia lleva en sí misma las marcas de autenticidad que le dan pertenencia en la Biblia. Difícilmente es el tipo de historia que pudo haberse inventado en los días de Jesús o que haya sido creada por el típico copista de manuscritos de años más recientes.

El distinguido erudito de la Universidad de Princeton, Bruce Metzger, en su libro publicado en 1964, The Text of the New Testament (El texto del Nuevo Testamento), página 223 está de acuerdo en que «el relato…tiene todas las señas de veracidad histórica, ningún monje de mentalidad ascética podría haber inventado una narración que termina con lo que parece ser un leve reproche de parte de Jesús».

Algunos líderes religiosos de los tiempos de Jesús trajeron a esta pobre mujer ante Cristo en otro intento de atraparlo contradiciendo las enseñanzas del Antiguo Testamento. Este no fue el único intento. La imagen que Jesús presenta de Dios y su interpretación del Antiguo Testamento eran tan diferente de la de ellos, que llegaron a acusarlo de herejía por rechazar las Escrituras del Antiguo Testamento.

Es por ello que Jesús tuvo que decir, «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mateo 5:17). Es decir, «No penséis que he venido para eliminar las enseñanzas del Antiguo Testamento. Al contrario, he venido para completarlas, para explicarlas, para mostrarles de qué se trata el Antiguo Testamento». Pero, finalmente prefirieron asesinarlo que aceptar su explicación.

En cada intento de entramparlo, Jesús los recibía con su acostumbrada habilidad y gracia.  Esta vez, para asegurarse de que se ganaban a la multitud, los enemigos de Cristo se aseguraron de presentar las pruebas necesarias. Ante una multitud de espectadores anunciaron «esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo».

Entonces presentaron su pregunta: «Tú sabes lo que enseña el Antiguo Testamento sobre este asunto. Conoces el texto de lo que se debe hacer con una mujer como esta. ¿Estás de acuerdo en que debe ser apedreada?» Y el público esperaba atento lo que Jesús iba a decir.

No dijo nada. Solo se inclinó y empezó a escribir con su dedo en el polvo. Una ráfaga de viento, unas cuantas pisadas y lo escrito desaparecería. Entonces las palabras que horadaron sus conciencias: «El que de entre vosotros jamás haya pecado, que lance la primera piedra».

¿Por qué Jesús no juntó a la multitud y dijo: «Permítanme contarles algunas cosillas acerca de los acusadores de esta pobre mujer?» ¿No merecían estos hombres ser expuestos públicamente? ¿Qué nos dice acerca de Dios el que su Hijo no humillara públicamente a esos santurrones?

Esto es lo que Cristo vino a revelarnos. Esta es la verdad acerca de Dios. Dios no se complace en humillarnos, ni en exponer nuestros pecados ante los demás.

Y cuando ya se habían ido todos, Jesús se vuelve a la mujer y gentilmente le dice: «Yo tampoco te condeno. Vete a tu casa y no vuelvas a pecar».  Misericordiosamente buscó restaurar la dignidad de esta deshonrada mujer.

Simón, un hombre pudiente a quien Jesús había sanado de la lepra, invitó a Jesús y a otros amigos a comer con él en su casa. Tres de los amigos más cercanos de Jesús también estaban allí: Lázaro y sus hermanas, Marta y María. Ahora bien, a María se le describe en Lucas como «una mujer de la ciudad, que era, o había sido, de mala conducta» (Lucas 7:37, Torres Amat).

Mientras que todos estaban reclinados alrededor de la mesa, María trajo un frasco de un perfume sumamente costoso y ungió los pies de Jesús, secándolos con su cabello. Simón observaba con censura y pensó para sí: «Si este hombre fuera de veras un profeta, se daría cuenta de qué clase de persona es esta que lo está tocando: una mujer de mala vida».

«Entonces Jesús le dijo al fariseo: –Simón, tengo algo que decirte. El fariseo contestó: –Dímelo, Maestro»  (Lucas 7:39, 40).

Entonces Jesús relató la historia de dos deudores, ambos perdonados. Y mientras la relataba, Simón se dio cuenta de que Jesús había leído sus pensamientos. Empezó a verse a sí mismo como un pecador, peor aún que la mujer que había despreciado, y se preguntaba si Jesús ahora lo expondría delante de sus invitados.

Nada era más ofensivo para el Señor que una acusación jactanciosa.  Pero, ¿descubrió Jesús a Simón? ¿Les dijo a los invitados: «Permítanme contarles algo acerca de nuestro anfitrión?»

            Lejos de humillarlo, el Señor hizo lo de siempre: lo más bondadoso. Aceptó cortésmente el acto impulsivo de María. Y con la misma misericordia, corrigió a Simón, sin humillarlo delante de sus amigos. ¡Simón debió haber quedado profundamente conmovido!

Cuando Jesús se encontró con el paralítico en el Estanque de Betesda, no lo humilló ni lo condenó por haber despilfarrado su salud en una juventud perdida. Sencillamente le preguntó con bondad: «¿Quieres ser sano? Entonces recoge tu cama y vete a tu casa». Más tarde Jesús se encuentra con él y le dice: «Conoces la causa de tu problema. Vete y no peques más, no vaya a ser que algo peor te pase» (ver Juan 5:1-15).

Imagine a Cristo en el aposento alto, la noche antes de su crucifixión. Los doce discípulos se encontraban riñendo como niños sobre «cuál de ellos debía ser considerado el más importante» (Lucas 22:24, DHH).

¿Acaso los reprendió Jesús por su insensatez o los regañó por su falta de voluntad de lavarse los pies los unos a otros? Al contrario, se puso de pie en silencio, tomó una toalla y un recipiente con agua y el universo observó al Gran Creador arrodillarse para lavar una docena de pies sucios, aun los pies de su traidor, Judas.

Cuán insensatos fueron los discípulos esa noche, al perder la oportunidad de preguntarle a Jesús por qué se encontraba preocupado y qué quería decir cuando dijo: «Esta es la última vez que bebo de este vino con ustedes. Pero cuando estemos juntos otra vez en el reino de mi Padre, entonces beberemos del vino nuevo» (Mateo 26:29 BLS).

¡Qué oportunidad la que desperdiciaron los discípulos al no lavarle los pies al Hijo de Dios, la noche antes de su muerte!  Si tan solo uno de ellos se hubiera ofrecido, ¡qué recuerdo más precioso habría atesorado por el resto de la eternidad!

Imaginen el efecto que tuvo en los discípulos, cada vez que, por turnos, veían la cabeza de Jesús inclinada sobre la palangana y al sentir aquellas fuertes manos de carpintero, lavándoles los pies.

Jesús habría podido levantar la mirada y decirles, «Ustedes no creen que mi Padre estuviera dispuesto a hacer esto, ¿verdad? Pero si me han visto a mí, han visto al Padre. El Padre los ama tanto como Yo. Si se sienten cómodos conmigo, se sentirán cómodos con el Padre».

Un poco más tarde les dijo que uno de ellos le traicionaría. Pero no lo delató frente a todo el grupo. Y cuando le dijo a Judas que se fuera y que hiciera prestamente aquella terrible cosa que tenía que hacer, los demás discípulos pensaron que Jesús lo había enviado por provisiones o más aún, ha realizar el noble acto de dar una ofrenda para los pobres.

¿Por qué no quiso Jesús descubrir a su traidor ante los otros? Seguro que merecía ser descubierto. ¡Piensen en lo que eso nos dice acerca de Dios! ¡Del hecho de que Jesús no humillara a tal traidor!

Más tarde esa misma noche, en el Getsemaní, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan aún más adentro del Jardín y allí empezó su increíble experiencia de separación de su Padre. Tres veces llegó hasta donde sus discípulos dormitaban esperando algo de  compañía y consuelo en su agonía.

¡Qué oportunidad la que perdieron los discípulos de darle aliento al Hijo de Dios! ¿Qué hubiera sucedido si los tres se hubieran levantado para acompañar a Jesús y a arrodillarse en derredor de su Maestro mientras este oraba? ¡Qué recuerdo les habría quedado a estos tres hombres! Pero se durmieron todo ese tiempo. Y Jesús no los regañó. Sintió simpatía por ellos, porque estaban demasiado cansados para ayudar.

Pocas horas más tarde Pedro maldecía y perjuraba en el atrio para probar que no era cristiano. ¡Ni siquiera conocía a ese Cristo!

Entonces cantó el gallo, tal como Jesús había dicho la noche anterior, inmediatamente después del atrevido discurso de Pedro, que si los demás lo defraudaban, él daría su vida por el Señor.

Cuando Pedro escuchó el sonido, se volvió para ver si Jesús se había dado cuenta. A pesar de que estaba en juicio por su vida y que había sufrido tanto, Jesús estaba más preocupado por su caído discípulo allí afuera en el atrio. Volteó la mirada directamente hacia Pedro.

De la manera en la que, hasta ese momento, Pedro conocía a Dios podría haber esperado ira e indignación en el rostro de Jesús. ¡Y seguro que se lo merecía! Pero al contrario, vio tristeza, decepción y lástima, en el rostro de aquel, que a penas la noche anterior se había arrodillado a lavar sus polvorientos pies.

Pedro salió y lloró amargamente, estaba avergonzado y profundamente

conmovido por la expresión que vio en el rostro de Jesús (Lucas 22:54-62).

Un poco más tarde, Judas se presentó ante el consejo, arrojó al suelo las treinta piezas de plata y confesó que había entregado sangre inocente. Entonces él también miró a Jesús.  Vio la misma tristeza y lástima que habían conmovido el corazón de Pedro —el rostro de Aquel que apenas la noche anterior se había arrodillado para lavar sus sucios pies. Abrumado, Judas salió y se ahorcó (Mateo 27:3-5).

¡Si tan solo Judas hubiera respondido como Pedro a la expresión en el rostro de Jesús! ¡Qué escena la que el cielo entero hubiera presenciado si Judas hubiera encontrado el lugar en donde Pedro lloraba y los dos discípulos se hubieran arrodillado juntos para levantarse como hombres nuevos!

Imaginen cómo se sintió Pedro todo ese sábado. ¡Cómo había hecho el ridículo durante las últimas veinticuatro horas! Dos veces había hablado impetuosamente en el aposento alto.  Dos veces había hecho el ridículo en el Jardín de Getsemaní. Y luego ¡la cobardía e infidelidad durante el proceso de su Señor! Ahora Jesús  estaba muerto, y ya no tenía la oportunidad de rectificar las cosas.

Con razón se apresuró hacia la tumba el domingo por la mañana ¡cuando oyó las noticias de que la tumba estaba vacía!

Pero fue María la que tuvo el privilegio de ver a Cristo primero y de llevar las buenas nuevas a los demás discípulos. María, ¡de entre todas las personas! La mujer que tenía tantos problemas y tantas debilidades, la mujer de la que Jesús echó fuera siete demonios (ver Lucas 8:2). Pero fue María la elegida para ese alto privilegio. Piense en lo que nos dice acerca de Dios el que María fuera escogida para tan alto honor.

Cuando María reconoció a Jesús, enfrente de la tumba, cayó a sus pies para adorarlo. Pero Jesús le dijo con dulzura, «Deja ya de retenerme, porque aún no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (ver Juan 20:17).

Escuche a Jesús llamando a sus discípulos, hermanos — ¡los mismos hombres que lo habían defraudado cuando más contaba con su apoyo!

Cuando los ángeles confirmaron el mandato de Jesús a María, de llevarle las nuevas a sus discípulos,  les dijeron: «Ahora vayan a decirle a los discípulos, y en especial a Pedro, que él se les adelanta camino de Galilea» (ver Marcos 16:7, BL95).

¡Cuán típico de Dios fue el que los ángeles añadieran «y en especial a Pedro»! Los ángeles admiran y adoran a Dios por la forma en la que ha tratado a los pecadores. ¡Cuánto más se habrán gozado de agregar: «Dile a Pedro»!

Esta es la clase de Dios con quien podríamos pasar toda la eternidad. Es por ello que, a pesar de que todos hemos pecado, todos nos sentiremos cómodos en la presencia de Aquel quien nos conoce tan bien.

No tenemos nada que temer de la infinita memoria de Dios. Dios es el perdón personificado. Y él ha prometido, no solo perdonarnos, sino tratarnos como si nunca hubiéramos pecado. Él arrojará todos nuestros pecados tras sus espaldas (Isaías 38:17). «Él… echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados» (Miqueas 7:19).

No hay fingimiento ni olvido en esto. Dios conoce cómo hemos vivido. Nosotros sabemos cuán pecadores hemos sido. Los ángeles han observado todos nuestros actos. Pero, a pesar de todo ello, nuestro Padre celestial nos tratará con dignidad y respeto, como si siempre hubiéramos sido sus hijos leales.

Así como nos trata Dios, debiéramos tratarnos unos a otros. Ese es el por qué David se sentirá tranquilo allá, a pesar de su gran pecado. No es que todos los recuerdos de pecado se hayan borrado. Esto requeriría que se destruyeran todas las Biblias y todo recuerdo de lo que contenía. ¡Desaparecería de toda memoria el plan de salvación y la misericordiosa forma en que Dios manejó el problema del pecado!

Los pecados de David se han inmortalizado en las páginas de las Escrituras. La antigua profesión de Rahab se ha descrito allí también, así como los pecados de Sansón, Gedeón, Moisés, Jacob y Abraham. Hebreos 11 nos asegura que ellos también estarán en el reino de Dios. Y se sentirán en casa allá.

Cuando Pablo incluyó la larga lista de pecados al final de Romanos 1, puso el chisme exactamente en la mitad de la lista. Ninguna persona  a la que no se le pueda confiar el conocimiento de los pecados de otros y que de todo corazón no trate a los expecadores con entera dignidad y respeto, entrará al cielo.

Así es como David y Urías podrán encontrarse en el cielo sin irse a los puños.  Algún día podrá ser nuestro privilegio el ver a estos dos hombres encontrarse por vez primera en el más allá. Piensen en cómo fue que David le robó la esposa a Urías y  ¡cómo luego arregló el asesinato del fiel soldado que le había ayudado a subir al trono! (ver 2 Samuel 11,12; I Crónicas 11:10,41).  ¿Se olvidará todo el pasado?

¿Se le olvidará a Betsabé, la madre de Salomón el hijo de David, que una vez fue la esposa de Urías? ¿Se le olvidará a Natán su apasionada apelación ante el rey? ¿Olvidará David su confesión registrada en el Salmo cincuenta y uno? ¿Olvidaremos nosotros la oración de David, en la que pide un corazón nuevo, y que ha ayudado a muchos de nosotros a orar de la misma manera?

¿O será posible que David y Urías se acerquen el uno al otro, se miren a los ojos, recuerden, y se hagan amigos una vez más? Para mí ¡tal encuentro sería más que maravilloso!

¿Podríamos nosotros empezar a tratarnos así, aquí y ahora en esta vida? No hay duda alguna que no es natural actuar así. Sería un gran milagro de sanidad, como el milagro de la conversión de Juan. Al principio Jesús lo llamó Hijo del Trueno. Pero más adelante Juan se convirtió en el «discípulo amado», y escribió tanto acerca del amor cristiano en su Evangelio y en sus Epístolas.

Juan observó cómo Jesús recibía a los pecadores, cómo trataba a todos con dignidad y gracia. Juan nunca había visto semejante fortaleza de carácter y a la vez tanta ternura; tan valiente denuncia del pecado a la par de tanta paciencia y simpatía. Mientras era movido a una admiración cada vez más profunda, Juan se hacía cada vez más semejante a Aquel que adoraba y admiraba.

Es verdad que en algunas graves ocasiones Jesús tuvo que llamar al pecado por su nombre y condenarlo públicamente. Un día, algunos de los maestros religiosos, aquellos en los que el pueblo tanto confiaba, denunciaron la imagen que Jesús presentaba de su Padre. Hasta le acusaron de tener un demonio por describir a Dios de esa forma. ¡Imagínense que rechazaban la imagen que Jesús presentaba de su Padre diciendo que era falsa, y hasta satánica!  ¡Y los que se oponían a él eran tan pretensiosamente piadosos!

Bajo tan extremas circunstancias Jesús fue movido a replicar: «Yo no tengo demonio. Vosotros sois de vuestro padre el diablo. Él es mentiroso, y padre de mentira».

Y vosotros preferís sus mentiras a la verdad que viene de Dios (ver Juan 8:44, 48,49).  Pero aun así la voz se le llenaba de lágrimas.

Aún en la terrible muerte final de los malvados, Dios sigue revelando su respeto por la libertad y la individualidad de sus inteligentes criaturas. Él lo dejó bien claro en las Escrituras, que él «no quiere que nadie perezca» (2 Pedro 3:9 BAD).  «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?» (Ezequiel 33:11).

Como un médico, Dios está presto para sanarnos, pero no nos obliga a recibir sanidad. Si rechazamos su sanidad, Dios respetará nuestra decisión. Si insistimos en marcharnos, él nos dejará ir. Pero las consecuencias serán terribles. Y cuando lo dejemos por última vez, su lamento por nosotros será el triste lamento de Oseas, «¿Cómo podré dejarte? ¿Cómo podré abandonarte?»  (ver Oseas 11:8).

En una increíble demostración de su deseo de salvar a su pueblo, Dios le pidió a Oseas que se casara con una mujer de dudosa reputación. Más tarde, ella lo abandona para seguir una vida de prostitución. Y Dios le dice a Oseas, «Ve y busca a tu esposa. Cómprala y mira si puedes persuadirla a que se quede contigo para que sea tu fiel esposa de ahora en adelante».

Por muchos años Dios le ruega a su descarriado pueblo que vuelva y que sea fiel otra vez. Pacientemente siguió llamándolos, «Vuelve, Israel, junto a Yavé, tu Dios, pues tus faltas te hicieron tropezar. Preparen sus palabras y vuelvan a Yavé para decirle: ‘¡Quita el pecado y acepta el bien!’» Y Dios prometió, «Yo sanaré su infidelidad, los amaré con todo el corazón» (Oseas 14:1, 2,5 BL 95).

Eso fue lo que hizo el hijo pródigo. Volvió a casa con palabras de arrepentimiento. Y su padre estaba tan feliz de verlo que no lo dejó terminar su confesión. Jesús explicó que así es como nuestro Padre celestial se siente cuando cada pecador vuelve (ver Lucas 15:10-32).

Pero Israel en los tiempos de Oseas no escogió volver a casa. Y Dios lloró por ellos, «Mi pueblo persiste en estar alejado de mí… ¿Cómo podré dejarte, Efraín?

¿Cómo podré abandonarte, Israel?» (Oseas 11:7,8 DHH 1996)

Dios nos echará de menos si nos perdemos. Nos echará de menos si no volvemos a casa.

Piensen en el eterno vacío que Lucifer dejará en la infinita memoria de Dios.

Pero para muchos de nosotros la revelación de la verdad acerca de nuestro Dios, la imagen de Dios que se presenta en todas las Escrituras nos guía al arrepentimiento (Romanos 2:4) y a la fe (Romanos 10:17). En confianza y seguridad anhelamos poder ver a Dios. Sabemos que cuando aparezca, aunque viene con toda majestad y poder, no temeremos.

Pecadores, como todos hemos sido, nos sentiremos cómodos en su presencia por toda la eternidad.

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